domingo, 15 de abril de 2018

La tercera visita a la matrona

Vuelvo la vista atrás para recordar con inmenso cariño una de las mayores sorpresas que me deparó el embarazo.

La tercera visita a la matrona llegó cuando estaba de treinta semanas. 
Una semana antes, empezamos el tan esperado "Curso de Educación Maternal".

Nuestras expectativas eran nulas. La primera visita a la matrona nos había quitado las pocas esperanzas que albergábamos de conocer a una profesional en la que poder confiar. Y la segunda no hizo más que agravar la situación. Así que, para cuando llegó el curso, yo ya me daba con un cantito en los dientes si aprendía alguna cosa.

La primera clase empezó fatal: mucha gente, una dinámica de presentaciones que fue un desastre, la matrona que no terminaba de arrancar... Yo miraba constantemente el reloj. "Un rato más y nos vamos", pensaba. Todavía estaba muy activa y sentía que no tenía tiempo que perder.

Pero, de pronto, ¡bum! En cuanto la matrona se puso a hablar del parto, nos dejó con la boca abierta. Resultó que era una firme defensora del parto respetado y del empoderamiento de las mujeres. Durante la charla, no hice más que asentir, sonreír y aprender a valorar a una señora que, desde entonces, ha resultado una ayuda indispensable para superar los retos iniciales de la maternidad.

Por si esto fuera poco, la matrona tuvo a bien no cumplir sus amenazas de la segunda visita y utilizar un lenguaje inclusivo para tener en cuenta la diversidad de nuestra familia. Vamos, que de vez en cuando, además de "padre" también dijo "pareja" o "acompañante" (!).

El caso es que salimos de la clase entusiasmadas, alucinando con la metamorfosis de la misma matrona que me había recomendado hartarme a bollos o que incluso parecía habernos querido disuadir de asistir al curso.

Cuando volvimos a la consulta con ella, la felicitamos. Ella también parecía contenta de haber "superado la prueba" después de su anterior (y única) experiencia con lesbianas. A día de hoy creo que, en parte, su comportamiento obedecía a una torpeza social que le impedía relacionarse con nosotras de manera normalizada. Evidentemente, a nadie le hace ilusión que la persona que tiene enfrente se ponga nerviosa para mal simplemente porque te muestres como eres; pero también es verdad que, cuando hay buena voluntad, es algo que mejora a base de tiempo y naturalidad. Al fin y al cabo, todos nos hemos criado en una sociedad homófoba, así que, por más que nos joda canse, conviene que tengamos paciencia.

En esa tercera visita me pusieron la vacuna trivalente. "No te preocupes", me dijo la matrona. "La dosis es para un feto, así que no notarás ninguna reacción. Como mucho, alguna molestia en el brazo". ¿Molestia? ¡¿Molestia le llaman a no poder levantar el brazo durante una semana?! ¡Qué dolor más horrible!

Por aquel entonces, solía bromear con que la siguiente dosis se la iban a poner directamente a la niña, que ya estaba bien de que yo pusiera el brazo... Pero ahora, cuando pienso en lo que me dolió y miro a mi hija, ¡me arrepiento tanto de aquellas palabras! Veinte dosis me pondría hoy si pudiera librarla del pinchazo traicionero... ¡Qué duro va a ser ponerle las primeras vacunas! (Y las segundas y todas, me temo, porque me estoy revelando como una madre moñas donde las haya...).

El caso es que, a lo largo del curso, fuimos afianzando la relación con la matrona. Nos encantaron todas y cada una de sus clases porque, además de aprender muchas cosas útiles, consolidamos nuestra visión de lo que debería de ser la experiencia del parto. Yo, particularmente, perdí el poco miedo que sentía hacia la experiencia, confiada en que, si seguía sus indicaciones, todo iría estupendamente. ¡Lástima que después nada saliera como esperaba...!

A pesar de nuestra desgana inicial, al final solo nos perdimos una clase, debido a una segunda visita a urgencias que ya explicaré. Por desgracia, fue la clase dedicada a la lactancia materna. Hoy estoy segura de que, si hubiera podido asistir, mi experiencia habría sido mucho más positiva, y quizá me habría ahorrado alguno de los millones de problemas con los que me he encontrado.

En esa sesión también reforzaron el "simulacro" de expulsivo, que yo no llegué a hacer nunca porque formaba parte de unas clases en las que se hacía ejercicio y a las que yo no pude asistir al coincidir con las semanas en que estuve de reposo. De nuevo, estoy segura de que mi experiencia en el parto habría sido diferente si hubiera aprendido a hacerlo; la mala suerte, sin embargo, parece algo consustancial a mi periplo reproductivo, así que supongo que, a estas alturas, ya debería tenerla asumida.

En nuestro calendario de citas, todavía teníamos programada una cuarta visita con la matrona, que habría podido servir para paliar nuestras carencias con respecto al curso. Sin embargo, los hados volvieron a conjurarse en nuestra contra y nunca pudimos asistir a la consulta, porque la fecha prevista coincidió justamente con el día del nacimiento de nuestra hija.

viernes, 6 de abril de 2018

Escribir es vivir


Cuando veía que otras mujeres embarazadas daban a luz y abandonaban sus blogs, aunque solo fuera durante un tiempo, siempre pensaba: "Eso no me ocurrirá a mí. Porque la escritura forma parte de mi vida, se imbrica con ella precisamente en los momentos más intensos, así que, cuando mi bebé nazca, escribiré, seguro. Escribiré más que nunca, de hecho".

Ya.

Supongo que es una más de las tantas bofetadas de realidad que la Vida me ha ido dando en las últimas semanas, desde que nuestra pequeña nació y descubrí que nada era como me imaginaba.

A veces me pregunto si es que soy demasiado inocente, demasiado listilla, o si tal vez tengo mucha menos imaginación de la que creo. El caso es que nunca acierto cuando imagino las experiencias más importantes de mi vida, como trabajar de profesora, vivir con Alma o tener un bebé. Yo creo que van a ser de una manera y resulta que son de otra muy diferente. Al principio, mucho peores: es lo que tienen las expectativas; al menos, las mías. Después, mejoran. Se vuelven reales y mejoran.

Como en ocasiones anteriores, esta vez me he vuelto a ver sobrepasada por todo lo que supone recuperarse de un parto y atender a un bebé recién nacido. Aún así, he escrito. He escrito más que nunca, de hecho. Pero no con mis dedos, en un teclado. Ni siquiera sobre un papel. He escrito mucho, como tantas otras veces, pero en mi mente

Es un hábito antiguo que tengo: reelaborar mis experiencias, más cuanto más intensas, a través de la escritura, aunque sea una escritura mental. Y, en esta ocasión, no ha sido diferente. Escribir me ayuda a pensar, a ordenar el caos existencial en el que tiendo a sumergirme, a asumir lo que me ocurre y a planear (aunque luego nada salga como había imaginado) lo que vendrá.

Aun así, mis dedos bullen con la necesidad de ver plasmados todos mis escritos mentales en una pantalla. Quiero contar, más que nunca, cómo fue el final de mi embarazo y el principio de esta aventura que es la maternidad. 

Nos lo merecemos. Mis dedos y yo, y todos los ojos que nos leen :)

jueves, 15 de febrero de 2018

La tripa crece (semanas 29 a 32)


Después del primer trimestre de embarazo, que para mí fue un auténtico calvario, estas han sido las peores semanas que he pasado hasta ahora. Entre otras cosas, por el contraste con las anteriores; aunque no solo.

La semana 29 fue la última en la que fui a trabajar. Con ella culminé unas semanas de trabajo muy intenso, no solo porque coincidieron con el final del trimestre, sino porque quería dejar un montón de cosas preparadas para quien me fuera a sustituir. Dar el relevo en mi trabajo es bastante complejo, sobre todo porque los alumnos lo pasan mal con los cambios; por suerte, todo acabó saliendo mejor que bien, pero en ese momento aún no sabía qué iba a ocurrir.

La verdad es que, si volviera a vivir un embarazo, intentaría cuadrar las fechas para poder pedir la baja un poquito antes. No es que me forzara hasta el extremo, pero sí es cierto que acabé exhausta, algo que no me gustaría repetir porque lo considero innecesario. Aun así, hubo gente que me hizo saber su opinión acerca de lo pronto que iba a empezar mi baja, a pesar de conocer algunos de mis antecedentes (como mi primer aborto, del que se enteró hasta el último mono) y sin preguntarme cómo me encontraba. ¡Ay, lo que me acordé de ellos en las semanas posteriores...!

La semana 30 fue una semana de transición. Procuré descansar todo lo que no había descansado en las semanas anteriores, pero también hice mucho ejercicio y seguí trabajando, aunque fuera desde casa y ya estuviera de baja (!). El caso es que me sentía fenomenal, con bastante energía y muchísimas ganas de empezar a preparar la llegada de nuestro bebé. Y es que, hasta ese momento, no habíamos organizado prácticamente nada. 

Por alguna razón, no obstante, esta semana empecé a comerme la cabeza con que algo no fuera bien. No recuerdo sentir nada muy especial, pero me entraron algunas neuras sobre la fortaleza de mi cuello del útero o la posibilidad de tener una fisura en la bolsa y no darme cuenta. Tal vez mi mente intuía que debía bajar el ritmo aún más rápido o, tal vez, simplemente, me encontré con un montón de tiempo libre para pensar y no se me ocurrió ocuparme en nada más entretenido. El caso es que, desgraciadamente, acabé acertando en que algo no iba bien, aunque fuera completamente de carambola.

La semana 31 empezó con una ecografía de las programadas por "alto riesgo". Estas ecografías se han vuelto un poco rutinarias, aunque siempre es emocionante poder ver a la pequeña y comprobar que todo está correcto; la pena es que ya nunca podemos verle la cara ni sacarle fotos nuevas. En esta ocasión, su peso estimado era de 1,700 kg.: una buena noticia de cara a un posible parto prematuro, cuyo amago llegó tan solo dos días después

El mismo día de la ecografía yo ya me había notado muchísimas contracciones, pero lo achaqué a los nervios por la prueba. Al día siguiente, no llevaba paseando ni diez minutos cuando empecé a encontrarme fatal y tuvimos que volvernos a casa. Y al tercer día acabamos en urgencias, de donde salimos con la pauta de reposo relativo.

Fue tan repentino... Todavía recuerdo cómo le preguntaba a la ginecóloga, incrédula, si el reposo relativo implicaba que ya no podría hacer ejercicio. Ella se reía. "No, claro que no: ahora vienen unas semanas críticas y tenemos que gastar cuidado. Como mucho, puedes salir a pasear muy despacio, y solo durante veinte minutos cada día". Yo insistí un poco y ella me miró como diciendo: "¿Pero qué pasa? ¿Que no te has enterado de nada?"

La verdad es que, al principio, me costó reaccionar. Los primeros días coincidieron con la vorágine de las fiestas navideñas y, entre cenas y comidas, a mí me pareció que nada había cambiado. Pero después, cuando me vi postrada en el sofá, sin poder hacer nada de lo que había planeado, teniendo que desapuntarme de mis actividades deportivas y sintiendo la misma cantidad de contracciones que me habían llevado a urgencias... me hundí.

lunes, 5 de febrero de 2018

36

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Durante mi infancia, el día de mi cumpleaños era oficialmente el mejor día del año. Los hubo mejores y peores, evidentemente; pero nada de lo que ocurriera lograría desbancarlo nunca del primer puesto. Tenía que ser el mejor día, aunque no lo fuera, porque a ese día le debía yo el resto del año.

Esto continuó siendo así durante mucho tiempo: disfruté cumpliendo años durante varias décadas, hasta que se acercó la treintena. El día de mi vigésimo noveno cumpleaños, empecé a sentirme incómoda. Me hacía mayor y mi plan de vida se había desviado por completo. No estaba viviendo como quería, lo que quería. Y el tiempo pasaba, inexorablemente. 

Desde entonces, en cada cumpleaños, el malestar iba en aumento. Ya no podía ser este el mejor día del año. Se estaba volviendo gris, pesado. Y yo me sentía cada año más torpe, más cansada, más incapaz. Aun así, me resistía. Trataba de aguantar con todas mis fuerzas, en la convicción de que volvería a cumplir años contenta. Algún día, lejano o cercano, pasara lo que pasara en mi vida, recuperaría el día de mi cumpleaños.

Tengo que confesar que ese momento todavía no ha llegado. Aún se me atragantan las cifras, aún tiemblo antes de soplar las velas y pedir un deseo que todavía no soy capaz de dar por sentado. Pero de una cosa estoy segura: el proceso de recuperación ha empezado.

Esta mañana, mientras miraba caer la nieve y acariciaba mi barriga, supe que pronto volvería a disfrutar como siempre lo había hecho del día de mi cumpleaños.

miércoles, 31 de enero de 2018

Adecentando el nido

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Recuerdo un día, entre agosto y septiembre, en el que de pronto me puse a pensar que "alguien más" iba a vivir en casa con nosotras. El embarazo iba viento en popa, la tripita despuntaba, y yo pasé del porfavorquenosemuera al joderqueestovaenserio en lo que dura un fogonazo.

Entiendo que suene patético, pero así, de primeras, se me hizo un nudo en el estómago. No quería que "nadie" viniera a perturbar nuestra rutina, nuestro modo de vivir juntas, nuestra intimidad... nuestra vida. Porque me gusta tal y como es. Porque deseo formar una familia por muchas razones, pero ninguna de ellas implica insatisfacción con mi relación de pareja.

De eso hace ya muchos meses y, por supuesto, la sensación de pánico que me embargó entonces no duró más que unos pocos días. Hoy me siento ya impaciente porque nuestra pequeña empiece a ponernos la rutina patas arriba y nosotras, desde lo que hemos construido juntas, nos enfrentemos al reto de convertirnos en una familia.

El camino que une ambos momentos pasa, entre otras cosas, por "adecentar el nido". Y digo "adecentar" porque "preparar" me parece que se nos queda grande: por no tener, nuestra pequeña todavía no tiene ni "una habitación propia". A cambio, su inminente llegada está cambiando la idiosincrasia de toda la casa.

Alma y yo llevamos más de una década viviendo juntas, y los ocho últimos años los hemos pasado en este piso. Durante más o menos la mitad de ese tiempo, no estuvo nada claro que fuéramos a formar una familia, así que no hicimos nada parecido a dejar una habitación para el bebé o crear un cuarto de invitados que después pudiéramos convertir fácilmente en un cuarto para niños. Todo lo contrario: desde el principio ocupamos cada habitación, cada armario, incluso nos expandimos por los dos cuartos de baño. 

Ese afán "ocupador" se incrementó, si cabe, durante los últimos años: igual que nunca quisimos comprar nada para ningún hijo (im)posible, tampoco se nos ocurrió "hacer huecos" que pudieran quedar dolorosamente vacíos. Evidentemente, la buena marcha de este embarazo ha cambiado eso y nuestra pequeña, que todavía no ha agotado su vida intrauterina, lleva ya un tiempo reclamando su espacio también a este lado.

Para dárselo, claro, hemos tenido que "replegarnos": reorganizar armarios, deshacernos de muuuchas cosas inútiles, vaciar cajones, mover estanterías, cambiar de sitio libros, toallas y sábanas, sustituir carritos ridículos por auténticos muebles de baño... Al principio parecía una empresa titánica, pero finalmente hemos conseguido que nuestra niña tenga su propio armario, cajones en el baño e, incluso, una balda para colocar sus primeros juguetes, libros incluidos (!).

Por supuesto, el proceso está lejos de haber terminado. Tenemos que seguir avanzando en la reorganización de la casa, y digo yo que, en algún momento, habrá que ponerle algo parecido a una habitación. Pero lo principal ya está hecho: hemos acogido a nuestra hija en nuestra vida, en nuestro espacio. Su presencia ya es una realidad para nosotras, aunque todavía no hayamos visto su rostro ni la hayamos sostenido en nuestros brazos.

Que estemos siendo capaces de llevar a cabo todos estos cambios, que lo hagamos juntas y en la mejor armonía, también implica un antes y un después para nosotras. Nuestra casa siempre ha acusado las huellas de todos los momentos difíciles que hemos pasado, de todas nuestras tristezas, nuestras incapacidades, nuestra frustración. El mero hecho de contar con fuerzas para "adecentarla" nos habla de curación, de energías renovadas, de una nueva etapa como personas, como pareja, como familia. 

De una plenitud que, ¡qué leches!, ya nos tocaba :)

viernes, 26 de enero de 2018

La tripa crece (semanas 25 a 28)


Cuando recuerdo esta etapa de mi embarazo, la transición entre el segundo y el tercer trimestre, me invaden emociones encontradas. Estas fueron mis últimas semanas de plena actividad, las últimas en las que trabajé, hice deporte... Si bien la tripa ya pesaba bastante y me fatigaba cada vez más, todavía podía. Hoy, después de un mes en reposo relativo, siento envidia de mí misma, y también mucha nostalgia. 

Sin embargo, no volvería a aquel momento por nada del mundo: ahora me siento mucho más tranquila, más centrada en mi embarazo, consciente de que cada día que pasa es un día menos para tener a mi niña en los brazos. Tan solo desearía que el reposo se me hiciera un poco menos duro... y que la tripa fuera un poco más manejable :)

Cuando estaba de veintisiete semanas, nos hicieron otra ecografía de las programadas por "alto riesgo". Como ya expliqué en la ecografía de las veinte semanas, fue el periodo de tiempo más largo que hemos pasado sin ver a nuestra peque. Sin embargo, y por extraño que parezca, no se nos hizo nada pesado: mil veces peor lo pasamos, por ejemplo, durante los diez días que mediaron entre la primera y la segunda ecografía.

Esta fue la primera ecografía en la que nos quedamos sin foto, pues la niña tenía la cabeza hundida en mi cuerpo y, por si esto fuera poco, se había colocado las dos manos a los lados de la cara, en una posición que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones. A cambio, y también por primera vez, nos dieron una estimación de su peso: ¡ya pasaba del kilo! Para mí fue un hito muy importante, porque me permitió imaginarme un poquito más su presencia en mi cuerpo (y entender de dónde salía ese tripón que ya no dejaría de crecer).

En esta visita también nos dieron los resultados de la analítica del segundo trimestre, en la que estaba todo bien menos el hierro: tenía anemia. Esto explicaba por qué, antes incluso de cumplir las veinte semanas, me encontraba tan cansada. No solo era que el síndrome de piernas inquietas no me dejara dormir, sino que, además, mi cuerpo anémico se arrastraba al límite de sus fuerzas: dos síntomas que dieron al traste con la alegría del segundo trimestre.

Lo mejor de este descubrimiento fue lo que me explicó una amiga con la que hablé a los pocos días: que el síndrome de piernas inquietas y la anemia estaban relacionados. ¿Quería decir aquello que tomando mis 80 mg. de hierro no solo mejoraría mi cansancio sino que también volvería a dormir como una persona normal? ¡Efectivamente! A los tres o cuatro días de empezar a tomar el suplemento, el síndrome de piernas inquietas prácticamente desapareció, con lo cual, en apenas una semana, estaba como nueva. 

No tengo palabras para explicar el inmenso alivio que sentí una vez que recuperé cierto control sobre mi cuerpo. ¡Me sentía preparada para seguir dando la batalla! Lástima que apenas me quedara tiempo para disfrutar del subidón...

También aproveché esta visita para preguntarle a la ginecóloga por un cambio en mis pechos que me traía por la calle de la amargura. Y es que, en apenas unas semanas, me habían salido un montón de verruguitas en las areolas. Tenía miedo de que su origen fuera algún tipo de virus que afectase negativamente a la lactancia, por más que todavía quedara mucho tiempo para ello. Sin embargo, la ginecóloga me tranquilizó, diciéndome que no tenía ninguna importancia. Y aunque yo todavía ando con la mosca detrás de la oreja, debo admitir que las verrugas más grandes se fueron secando y cayendo, y que ahora solo me quedan algunas muy pequeñitas.

Y hablando de los pechos... ¡es increíble cómo crecen! Supongo que, al contrario de lo que ocurre con la tripa, la gente se corta a la hora de comentarlo, pero... ¡a mí me alucina! En lo que llevo de embarazo he aumentado más de una talla: no hay más que ver el cambio a través de los meses. Ya cuando estaba de diecinueve semanas tuve que salir corriendo a comprarme unos sujetadores de lactancia que me sirvieran también para el embarazo, porque no soportaba los míos de siempre; pero es que ahora noto el nacimiento del pecho casi debajo de las clavículas. Ojalá estos cambios sean para bien y me permitan disfrutar de la lactancia natural con la que sueño :)


jueves, 18 de enero de 2018

Segunda revisión en Inmunología

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Entre las semanas veinte y veintidós, me hice el análisis de seguimiento correspondiente al segundo trimestre de embarazo. Hasta donde yo sé, la frecuencia de estos análisis es variable, pues hay chicas que controlan su factor anti-Xa cada mes. En mi caso, los análisis son por trimestre, además de un primer control entre tres y cinco días después de empezar a inyectarme heparina. Así que el último me lo había hecho cuando estaba de siete semanas. El inmunólogo, no obstante, me había ofrecido hacerme un control intermedio para que me quedara más tranquila, pero la condición que me puso (que hubiera engordado algunos kilos) tardó mucho en cumplirse, así que, finalmente, no mereció la pena.

En esta ocasión, fue Alma a recoger los resultados. Cuando llegué a casa de trabajar, me dio el informe, y yo lo abrí nerviosa, asustada. Mi experiencia hasta entonces había sido la de unos anti-Xa demasiado bajos, a saber: mandarle al inmnólogo los resultados a la carrera, comerme las uñas hasta los codos esperando a que me contestara al correo, buscarme la vida con mil trucos para aumentar la dosis de heparina mientra conseguía recetas, y, sobre todo, temer cada día por la salud de mi bebé, obligado a crecer en un ambiente hostil. Esta vez, al menos, sabía que podía ahorrarme algunos pasos porque no me pongo toda la dosis de heparina que viene en las inyecciones, así que sería fácil aumentarla: quizá parece una tontería, pero a mí me dejaba mucho más tranquila.

La cifra que aparecía en el informe, sin embargo, estaba más allá de mis mejores presagios: 0,46 UI/ml. Casi rozando el límite superior, que para mí es de 0,5 UI/ml. Así que miré a Alma muy calmada y le dije:

–Está bien.

Guardé el informe, me quité el abrigo, dejé las cosas. Después, me fui al dormitorio para cambiarme de ropa y, una vez sentada en la cama... rompí a llorar como una posesa. Los miedos de tantos meses, la angustia de aquella mañana, esa permanente e incómoda sensación de no poder bajar la guardia... todo pareció evaporarse de pronto, dejando en su lugar una hermosa certeza: el peligro había pasado, mi bebé iba a nacer.

–Va a nacer, va a nacer... –me repetía en alto, entre lágrimas, intentando convencerme a mí misma de que sí, de que esta vez ocurriría, de que era verdad.

Tal y como me explicó el inmunólogo durante la consulta, los resultados demostraban que mi problema residía en las reacciones inmunes de mi cuerpo durante el primer trimestre. Una vez superado ese periodo (¡algo imposible sin la medicación adecuada!), mi cuerpo había logrado acostumbrarse a la presencia de ese "agente extraño" que es nuestra hija y, por fin, se había relajado. No obstante, debía seguir inyectándome la misma dosis de heparina, aunque, con toda probabilidad, podríamos bajarla un poco durante el tercer trimestre, a medida que se acercase el parto.

Los otros parámetros también estaban muy bien. La homocisteína, por ejemplo, había bajado hasta 3,73: el propio inmunólogo me dijo que hacía mucho que no veía una homocisteína bajar tanto solo con ácido fólico masivo y una dosis prenatal de vitamina B12. En mi humilde opinión, esa bajada tan drástica se habría producido al dejar la metformina, un medicamento que aumenta los niveles de este aminoácido. Yo tampoco había visto nunca mi homocisteína tan baja, pero también es verdad que esta era la primera vez que la medía sin metformina de por medio.

En el caso de la vitamina D, estaba en 54, así que, esta vez, el inmunólogo decidió bajarme la dosis en un par de gotas. Los anticuerpos también nos dieron una alegría: tal y como el inmunólogo había predicho, no se habían disparado: la anti-beta-2 glicoproteína IgM había bajado de 9,70 a 5,30 y la anticardiolipina IgM había subido de 6,24 a 9,43; los valores IgG estaban bajos (1,59 y 1,43 respectivamente). Estos resultados corroboran la idea de que mi SAF es obstétrico y que afecta a mis embarazos, sobre todo, durante el primer trimestre.

La única pega que puedo poner a esta revisión es que, nuevamente, tuvimos que gastarnos una pasta en los análisis tras toparnos con la puerta cerrada en Hematología de la Seguridad Social. Es algo que me indigna, porque nosotras, aunque con mucho esfuerzo, podemos costearlos, pero, ¿qué pasa con todas esas chicas que, pudiendo tener mi mismo diagnóstico, medicación y seguimiento, no consiguen salir del bucle de los abortos de repetición? ¿Qué pasa con nuestro derecho a la salud? ¿Por qué no está cubierto por esa Seguridad Social que todos contribuimos a sostener?

Personalmente, no estoy a favor de la sanidad privada. Hacer negocio con la salud me parece inmoral; discriminar a los pacientes por su poder adquisitivo, también. No encuentro justificación ninguna porque creo que no la tiene. A pesar de ello, he tenido que acudir a estos servicios para poder llevar un embarazo adelante: en un primer momento, porque la sanidad pública me negaba los tratamientos a causa de mi orientación sexual; y ahora, porque la misma sanidad pública se niega a reconocer la enfermedad que padezco.

Me saca de quicio. Y me gustaría hacer algo para cambiarlo. ¿Alguna sugerencia...?

miércoles, 10 de enero de 2018

Soy una discapacitada química

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Recibir el diagnóstico de diabetes gestacional fue para mí como un descenso a los infiernos. Me pasé tres días mirando a la pared, catatótica; planteándome, por primera vez, si al buscar con tanto ahínco el embarazo no me habría equivocado. Después de tanto años en el empeño (no solo los pasados en reproducción asistida, sino también todos los anteriores), la mera sugerencia de haber cometido un error de ese calibre me resultó devastadora.

De pronto, me vi obligada a asumir que el embarazo le sentaba a mi cuerpo como un tiro. El pobre se había resistido con todas sus fuerzas a la implantación de los embriones, poniendo en guardia al sistema inmune y coagulándose como si no hubiera un mañana. Una vez forzado a aceptar lo inaceptable, había empezado a hacer aguas, comenzando por un páncreas que se declaraba incapaz de soportar la carga metabólica extra que le habían endiñado.

Estos eran mis pensamientos en aquellos días. Pero, entonces, como una estrella que titila en la distancia, se me ocurrió la feliz idea de establecer una analogía entre mi situación y la de otras personas que también podrían empeñarse en llevar su cuerpo a un extremo para el que, en apariencia, no estaba preparado.

¿Qué le diría yo a un ciego cuya mayor ilusión en la vida fuera convertirse en escritor? ¿Sería algo parecido a: "Joder, ¿no tienes otra cosa con la que entretenerte? Es que pareces masoca, tío. Puedes dedicar tu vida a millones de cosas, no te empeñes en la más difícil, porque es evidente que tu cuerpo no está hecho para eso"? 

Y si la persona en cuestión careciera de miembros inferiores, ¿la disuadiría de practicar deportes tales como la natación, el atletismo o incluso el fútbol? ¿Le diría algo como: "Venga ya, hombre, bastante tienes con poder desplazarte en tu silla de ruedas, con acceder a uno de cada cinco bares para reunirte en él con tus amigos, con tener amigos incluso. No quieras ir más allá de lo que tu cuerpo te permite, ten la humildad de aceptar sus limitaciones, que hace un par de siglos te habrían dejado morir en una esquina"?

No, nunca les diría eso. Yo los animaría a intentar superarse, a dejar a un lado la obviedad de sus limitaciones y centrarse en desarrollar sus potencialidades. Porque, como cualquier otra persona, las tienen, y son muchas. La voluntad no puede obrar milagros, pero sí es capaz de abrir caminos donde antes solo había muros infranqueables. 

"Busca los apoyos necesarios", les diría. Busca las prótesis, la asistencia técnica. Busca las alternativas en tu propio cuerpo. Busca quien te apoye, quien crea, como tú, en lo imposible. Y no te rindas, sobre todo, no renuncies. Porque renunciar es morir en vida. Intentarlo, aunque se consiga solo un poquito, aunque no se ganen medallas olímpicas ni se publique ningún libro, ya merece la pena. Intentarlo con todas tus fuerzas, independientemente del resultado, será un triunfo íntimo, una sonrisa satisfecha que te acompañará el resto de tu vida.

Esa fue la idea que me salvó. Entender que, a pesar de mis muchas limitaciones, todavía puedo superarme. Que puedo buscar el apoyo, la asistencia. Que tengo derecho a intentarlo con todas mis fuerzas. Que puedo llegar a conseguirlo, aunque sea de una manera imperfecta. Que yo también puedo andar el camino, aunque sea un camino alternativo. Que puedo cruzar la meta, aunque no llegue la primera.

Mi discapacidad es química. Mis prótesis son inyecciones, mis asistencias son pastillas. Mi embarazo no es perfecto, pero está siendo. Y, a pesar de las dificultades, estoy disfrutándolo como un triunfo íntimo, con una sonrisa satisfecha que me acompañará el resto de mi vida.

domingo, 7 de enero de 2018

La tripa crece (semanas 21 a 24)


Atravesar el ecuador del embarazo significó para mí un cambio de perspectiva enorme. De pronto, ya no sentía que estuviese ascendiendo una montaña, sino que empezaba el descenso. Hasta las veinte semanas, todo había sido cuestión de sumar un día más, una semana más, un mes más. Ahora, por el contrario, entraba de lleno en el "tiempo de descuento".

Para alguien como yo, que he sufrido abortos de repetición, la diferencia es extraordinaria. Poco a poco se iban acercando las fechas en las que, si el embarazo finalizaba por cualquier motivo, nuestra pequeña podía sobrevivir. Con todas las dificultades que conlleva un nacimiento prematuro, por supuesto; pero, al menos, tendría una oportunidad. Esa oportunidad que no existió en ninguno de mis embarazos anteriores. 

Gracias a la tranquilidad que todo esto genera, esa tranquilidad que también llega, empecé a permitirme, por primera vez, empezar a "preparar" la llegada de nuestra hija. En nuestro caso, se trata de un proceso largo, que vamos completando paso a paso, a nuestro propio ritmo. Un ritmo que, para quienes nos rodean, resulta exasperantemente lento.

Desde que empezamos a dar la noticia del embarazo, cuando cumplimos las doce semanas y comprobamos que todo iba bien, una de las preguntas que con más insistencia nos han hecho es si ya habíamos comprado "cosas". Y la respuesta que dimos durante meses, por más decepcionante que fuera para nuestros interlocutores, es que no habíamos comprado nada.

Personalmente, durante bastante tiempo me molestó que no se tuvieran en cuenta todas las inseguridades que el embarazo nos generaba debido a nuestras experiencias. Es verdad que esta reacción era injusta para casi todo el mundo, pues muchas personas se enteraron de nuestro interés por ser madres mediante la noticia del embarazo, sin haber vivido todo lo anterior y sin poderse hacer una idea, incluso aunque se lo explicásemos resumidamente, de todo el dolor que habíamos sufrido. Pero también es cierto que buena parte de quienes sí nos habían acompañado en este camino pasaron página con una velocidad que a nosotras nos resultaba inalcanzable.

El miedo, sin embargo, no fue la única causa por la que no nos zambullimos de golpe en el "mundo bebé": según fuimos cogiendo confianza, nos dimos cuenta de que también nos creaba un rechazo muy profundo.

Como uno de mis miedo atávicos en este embarazo es sentir algún tipo de rechazo hacia mi bebé, lo primero que hice fue analizar cuál era la fuente de esa emoción tan primaria. Todavía recuerdo cuando fuimos a comprar el adaptador para el cinturón de seguridad del coche al hipermercado: según nos metimos en el pasillo de los carros, me invadió una sensación de repulsa tan fuerte que tuve que salir de allí inmediatamente, ante la amenaza de sufrir un ataque de ansiedad. Al final, claro, terminamos comprando el adaptador por Internet.

Admito que las "cosas de niños" se me han clavado como puñales durante muchos años, que no me he permitido disfrutarlas ni un segundo para no añadir más dolor a mi dolor, y también porque, de alguna manera, no me consideraba "digna" de ellas, al no ser capaz de formar mi propia familia.

Pero también es verdad que ese "mundo bebé" nos resulta repugnante, tanto a Alma como a mí, debido a la visión del mundo y los valores que comporta. Concretamente, rechazamos ese capitalismo atroz que nos inocula la idea de que, para cuidar "verdaderamente" de tu bebé, para "demostrar" que lo quieres, debes comprar una ingente cantidad de cosas para que "no le falte de nada".

"Comprar una ingente cantidad de cosas" no es un comportamiento que valoremos, todo lo contrario: no compramos una ingente cantidad de cosas para nuestra satisfacción individual, no compramos una ingente cantidad de cosas para demostrarnos nuestro amor, ni siquiera compramos una ingente cantidad de cosas para que nuestra casa resulte más cómoda, acogedora, o bien exponga nuestro "buen gusto". Nuestros valores son otros, y si actuásemos de otra manera con nuestra hija, los estaríamos pervirtiendo.

Una vez, hablando con una amiga sobre el tema, me preguntó: "Pero, si no quieres tener un hijo para comprarle cosas, ¿para qué quieres tener un hijo?". Alma dice que, seguramente, fue una broma; pero yo no lo tengo tan claro. A veces tengo la sensación de que los hijos son una especie de árbol de Navidad que debemos adornar poniéndoles un montón de cosas inútiles encima.

Así que, para mí, empezar a preparar la llegada de nuestra pequeña fue bastante duro: no solo tenía que superar los miedos que aún sentía, sino que me negaba a participar de esa "locura colectiva" que es el "mundo bebé".

Lo que hice fue ir seleccionando las "cosas" que sí consideraba acordes con mi estilo imaginario de crianza (lo llamo así porque todavía no he podido contrastarlo con la realidad, evidentemente) e informarme sobre ellas. Porque, sinceramente, el "mundo bebé" era para mí un completo desconocido que me está resultando muy complicado desentrañar.

Así pasamos un par de meses: investigando, aprendiendo, apuntando en una lista lo que creíamos que íbamos a necesitar y esquivando las preguntas de "¿Pero ya lo tenéis todo?" mediante la técnica del disco rayado ("No, no hemos comprado nada, todavía es demasiado pronto").

Ahora que ya estamos a punto de culminar el proceso, la verdad es que estoy muy contenta con nuestras decisiones: las compras se vuelven muy sencillas (y rápidas) cuando una finalmente sabe lo que quiere. Además, por el camino hemos aprendido que lo de tomar decisiones a ciegas es como pasear por un campo de minas, así que asumimos tranquilamente que habremos metido la pata en un montón de cosas y que ya habrá tiempo de solucionarlas.

Como le respondí a mi amiga cuando me preguntó aquello, lo que realmente me preocupa es la relación que vamos a crear con nuestra hija, que es para lo que más me estoy "preparando". Si tiene más o menos ropa, juguetes o accesorios me resulta absolutamente secundario, porque no, yo no he querido formar una familia para dedicarme a "comprar".

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