jueves, 18 de enero de 2018

Segunda revisión en Inmunología

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Entre las semanas veinte y veintidós, me hice el análisis de seguimiento correspondiente al segundo trimestre de embarazo. Hasta donde yo sé, la frecuencia de estos análisis es variable, pues hay chicas que controlan su factor anti-Xa cada mes. En mi caso, los análisis son por trimestre, además de un primer control entre tres y cinco días después de empezar a inyectarme heparina. Así que el último me lo había hecho cuando estaba de siete semanas. El inmunólogo, no obstante, me había ofrecido hacerme un control intermedio para que me quedara más tranquila, pero la condición que me puso (que hubiera engordado algunos kilos) tardó mucho en cumplirse, así que, finalmente, no mereció la pena.

En esta ocasión, fue Alma a recoger los resultados. Cuando llegué a casa de trabajar, me dio el informe, y yo lo abrí nerviosa, asustada. Mi experiencia hasta entonces había sido la de unos anti-Xa demasiado bajos, a saber: mandarle al inmnólogo los resultados a la carrera, comerme las uñas hasta los codos esperando a que me contestara al correo, buscarme la vida con mil trucos para aumentar la dosis de heparina mientra conseguía recetas, y, sobre todo, temer cada día por la salud de mi bebé, obligado a crecer en un ambiente hostil. Esta vez, al menos, sabía que podía ahorrarme algunos pasos porque no me pongo toda la dosis de heparina que viene en las inyecciones, así que sería fácil aumentarla: quizá parece una tontería, pero a mí me dejaba mucho más tranquila.

La cifra que aparecía en el informe, sin embargo, estaba más allá de mis mejores presagios: 0,46 UI/ml. Casi rozando el límite superior, que para mí es de 0,5 UI/ml. Así que miré a Alma muy calmada y le dije:

–Está bien.

Guardé el informe, me quité el abrigo, dejé las cosas. Después, me fui al dormitorio para cambiarme de ropa y, una vez sentada en la cama... rompí a llorar como una posesa. Los miedos de tantos meses, la angustia de aquella mañana, esa permanente e incómoda sensación de no poder bajar la guardia... todo pareció evaporarse de pronto, dejando en su lugar una hermosa certeza: el peligro había pasado, mi bebé iba a nacer.

–Va a nacer, va a nacer... –me repetía en alto, entre lágrimas, intentando convencerme a mí misma de que sí, de que esta vez ocurriría, de que era verdad.

Tal y como me explicó el inmunólogo durante la consulta, los resultados demostraban que mi problema residía en las reacciones inmunes de mi cuerpo durante el primer trimestre. Una vez superado ese periodo (¡algo imposible sin la medicación adecuada!), mi cuerpo había logrado acostumbrarse a la presencia de ese "agente extraño" que es nuestra hija y, por fin, se había relajado. No obstante, debía seguir inyectándome la misma dosis de heparina, aunque, con toda probabilidad, podríamos bajarla un poco durante el tercer trimestre, a medida que se acercase el parto.

Los otros parámetros también estaban muy bien. La homocisteína, por ejemplo, había bajado hasta 3,73: el propio inmunólogo me dijo que hacía mucho que no veía una homocisteína bajar tanto solo con ácido fólico masivo y una dosis prenatal de vitamina B12. En mi humilde opinión, esa bajada tan drástica se habría producido al dejar la metformina, un medicamento que aumenta los niveles de este aminoácido. Yo tampoco había visto nunca mi homocisteína tan baja, pero también es verdad que esta era la primera vez que la medía sin metformina de por medio.

En el caso de la vitamina D, estaba en 54, así que, esta vez, el inmunólogo decidió bajarme la dosis en un par de gotas. Los anticuerpos también nos dieron una alegría: tal y como el inmunólogo había predicho, no se habían disparado: la anti-beta-2 glicoproteína IgM había bajado de 9,70 a 5,30 y la anticardiolipina IgM había subido de 6,24 a 9,43; los valores IgG estaban bajos (1,59 y 1,43 respectivamente). Estos resultados corroboran la idea de que mi SAF es obstétrico y que afecta a mis embarazos, sobre todo, durante el primer trimestre.

La única pega que puedo poner a esta revisión es que, nuevamente, tuvimos que gastarnos una pasta en los análisis tras toparnos con la puerta cerrada en Hematología de la Seguridad Social. Es algo que me indigna, porque nosotras, aunque con mucho esfuerzo, podemos costearlos, pero, ¿qué pasa con todas esas chicas que, pudiendo tener mi mismo diagnóstico, medicación y seguimiento, no consiguen salir del bucle de los abortos de repetición? ¿Qué pasa con nuestro derecho a la salud? ¿Por qué no está cubierto por esa Seguridad Social que todos contribuimos a sostener?

Personalmente, no estoy a favor de la sanidad privada. Hacer negocio con la salud me parece inmoral; discriminar a los pacientes por su poder adquisitivo, también. No encuentro justificación ninguna porque creo que no la tiene. A pesar de ello, he tenido que acudir a estos servicios para poder llevar un embarazo adelante: en un primer momento, porque la sanidad pública me negaba los tratamientos a causa de mi orientación sexual; y ahora, porque la misma sanidad pública se niega a reconocer la enfermedad que padezco.

Me saca de quicio. Y me gustaría hacer algo para cambiarlo. ¿Alguna sugerencia...?

miércoles, 10 de enero de 2018

Soy una discapacitada química

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Recibir el diagnóstico de diabetes gestacional fue para mí como un descenso a los infiernos. Me pasé tres días mirando a la pared, catatótica; planteándome, por primera vez, si al buscar con tanto ahínco el embarazo no me habría equivocado. Después de tanto años en el empeño (no solo los pasados en reproducción asistida, sino también todos los anteriores), la mera sugerencia de haber cometido un error de ese calibre me resultó devastadora.

De pronto, me vi obligada a asumir que el embarazo le sentaba a mi cuerpo como un tiro. El pobre se había resistido con todas sus fuerzas a la implantación de los embriones, poniendo en guardia al sistema inmune y coagulándose como si no hubiera un mañana. Una vez forzado a aceptar lo inaceptable, había empezado a hacer aguas, comenzando por un páncreas que se declaraba incapaz de soportar la carga metabólica extra que le habían endiñado.

Estos eran mis pensamientos en aquellos días. Pero, entonces, como una estrella que titila en la distancia, se me ocurrió la feliz idea de establecer una analogía entre mi situación y la de otras personas que también podrían empeñarse en llevar su cuerpo a un extremo para el que, en apariencia, no estaba preparado.

¿Qué le diría yo a un ciego cuya mayor ilusión en la vida fuera convertirse en escritor? ¿Sería algo parecido a: "Joder, ¿no tienes otra cosa con la que entretenerte? Es que pareces masoca, tío. Puedes dedicar tu vida a millones de cosas, no te empeñes en la más difícil, porque es evidente que tu cuerpo no está hecho para eso"? 

Y si la persona en cuestión careciera de miembros inferiores, ¿la disuadiría de practicar deportes tales como la natación, el atletismo o incluso el fútbol? ¿Le diría algo como: "Venga ya, hombre, bastante tienes con poder desplazarte en tu silla de ruedas, con acceder a uno de cada cinco bares para reunirte en él con tus amigos, con tener amigos incluso. No quieras ir más allá de lo que tu cuerpo te permite, ten la humildad de aceptar sus limitaciones, que hace un par de siglos te habrían dejado morir en una esquina"?

No, nunca les diría eso. Yo los animaría a intentar superarse, a dejar a un lado la obviedad de sus limitaciones y centrarse en desarrollar sus potencialidades. Porque, como cualquier otra persona, las tienen, y son muchas. La voluntad no puede obrar milagros, pero sí es capaz de abrir caminos donde antes solo había muros infranqueables. 

"Busca los apoyos necesarios", les diría. Busca las prótesis, la asistencia técnica. Busca las alternativas en tu propio cuerpo. Busca quien te apoye, quien crea, como tú, en lo imposible. Y no te rindas, sobre todo, no renuncies. Porque renunciar es morir en vida. Intentarlo, aunque se consiga solo un poquito, aunque no se ganen medallas olímpicas ni se publique ningún libro, ya merece la pena. Intentarlo con todas tus fuerzas, independientemente del resultado, será un triunfo íntimo, una sonrisa satisfecha que te acompañará el resto de tu vida.

Esa fue la idea que me salvó. Entender que, a pesar de mis muchas limitaciones, todavía puedo superarme. Que puedo buscar el apoyo, la asistencia. Que tengo derecho a intentarlo con todas mis fuerzas. Que puedo llegar a conseguirlo, aunque sea de una manera imperfecta. Que yo también puedo andar el camino, aunque sea un camino alternativo. Que puedo cruzar la meta, aunque no llegue la primera.

Mi discapacidad es química. Mis prótesis son inyecciones, mis asistencias son pastillas. Mi embarazo no es perfecto, pero está siendo. Y, a pesar de las dificultades, estoy disfrutándolo como un triunfo íntimo, con una sonrisa satisfecha que me acompañará el resto de mi vida.

domingo, 7 de enero de 2018

La tripa crece (semanas 21 a 24)


Atravesar el ecuador del embarazo significó para mí un cambio de perspectiva enorme. De pronto, ya no sentía que estuviese ascendiendo una montaña, sino que empezaba el descenso. Hasta las veinte semanas, todo había sido cuestión de sumar un día más, una semana más, un mes más. Ahora, por el contrario, entraba de lleno en el "tiempo de descuento".

Para alguien como yo, que he sufrido abortos de repetición, la diferencia es extraordinaria. Poco a poco se iban acercando las fechas en las que, si el embarazo finalizaba por cualquier motivo, nuestra pequeña podía sobrevivir. Con todas las dificultades que conlleva un nacimiento prematuro, por supuesto; pero, al menos, tendría una oportunidad. Esa oportunidad que no existió en ninguno de mis embarazos anteriores. 

Gracias a la tranquilidad que todo esto genera, esa tranquilidad que también llega, empecé a permitirme, por primera vez, empezar a "preparar" la llegada de nuestra hija. En nuestro caso, se trata de un proceso largo, que vamos completando paso a paso, a nuestro propio ritmo. Un ritmo que, para quienes nos rodean, resulta exasperantemente lento.

Desde que empezamos a dar la noticia del embarazo, cuando cumplimos las doce semanas y comprobamos que todo iba bien, una de las preguntas que con más insistencia nos han hecho es si ya habíamos comprado "cosas". Y la respuesta que dimos durante meses, por más decepcionante que fuera para nuestros interlocutores, es que no habíamos comprado nada.

Personalmente, durante bastante tiempo me molestó que no se tuvieran en cuenta todas las inseguridades que el embarazo nos generaba debido a nuestras experiencias. Es verdad que esta reacción era injusta para casi todo el mundo, pues muchas personas se enteraron de nuestro interés por ser madres mediante la noticia del embarazo, sin haber vivido todo lo anterior y sin poderse hacer una idea, incluso aunque se lo explicásemos resumidamente, de todo el dolor que habíamos sufrido. Pero también es cierto que buena parte de quienes sí nos habían acompañado en este camino pasaron página con una velocidad que a nosotras nos resultaba inalcanzable.

El miedo, sin embargo, no fue la única causa por la que no nos zambullimos de golpe en el "mundo bebé": según fuimos cogiendo confianza, nos dimos cuenta de que también nos creaba un rechazo muy profundo.

Como uno de mis miedo atávicos en este embarazo es sentir algún tipo de rechazo hacia mi bebé, lo primero que hice fue analizar cuál era la fuente de esa emoción tan primaria. Todavía recuerdo cuando fuimos a comprar el adaptador para el cinturón de seguridad del coche al hipermercado: según nos metimos en el pasillo de los carros, me invadió una sensación de repulsa tan fuerte que tuve que salir de allí inmediatamente, ante la amenaza de sufrir un ataque de ansiedad. Al final, claro, terminamos comprando el adaptador por Internet.

Admito que las "cosas de niños" se me han clavado como puñales durante muchos años, que no me he permitido disfrutarlas ni un segundo para no añadir más dolor a mi dolor, y también porque, de alguna manera, no me consideraba "digna" de ellas, al no ser capaz de formar mi propia familia.

Pero también es verdad que ese "mundo bebé" nos resulta repugnante, tanto a Alma como a mí, debido a la visión del mundo y los valores que comporta. Concretamente, rechazamos ese capitalismo atroz que nos inocula la idea de que, para cuidar "verdaderamente" de tu bebé, para "demostrar" que lo quieres, debes comprar una ingente cantidad de cosas para que "no le falte de nada".

"Comprar una ingente cantidad de cosas" no es un comportamiento que valoremos, todo lo contrario: no compramos una ingente cantidad de cosas para nuestra satisfacción individual, no compramos una ingente cantidad de cosas para demostrarnos nuestro amor, ni siquiera compramos una ingente cantidad de cosas para que nuestra casa resulte más cómoda, acogedora, o bien exponga nuestro "buen gusto". Nuestros valores son otros, y si actuásemos de otra manera con nuestra hija, los estaríamos pervirtiendo.

Una vez, hablando con una amiga sobre el tema, me preguntó: "Pero, si no quieres tener un hijo para comprarle cosas, ¿para qué quieres tener un hijo?". Alma dice que, seguramente, fue una broma; pero yo no lo tengo tan claro. A veces tengo la sensación de que los hijos son una especie de árbol de Navidad que debemos adornar poniéndoles un montón de cosas inútiles encima.

Así que, para mí, empezar a preparar la llegada de nuestra pequeña fue bastante duro: no solo tenía que superar los miedos que aún sentía, sino que me negaba a participar de esa "locura colectiva" que es el "mundo bebé".

Lo que hice fue ir seleccionando las "cosas" que sí consideraba acordes con mi estilo imaginario de crianza (lo llamo así porque todavía no he podido contrastarlo con la realidad, evidentemente) e informarme sobre ellas. Porque, sinceramente, el "mundo bebé" era para mí un completo desconocido que me está resultando muy complicado desentrañar.

Así pasamos un par de meses: investigando, aprendiendo, apuntando en una lista lo que creíamos que íbamos a necesitar y esquivando las preguntas de "¿Pero ya lo tenéis todo?" mediante la técnica del disco rayado ("No, no hemos comprado nada, todavía es demasiado pronto").

Ahora que ya estamos a punto de culminar el proceso, la verdad es que estoy muy contenta con nuestras decisiones: las compras se vuelven muy sencillas (y rápidas) cuando una finalmente sabe lo que quiere. Además, por el camino hemos aprendido que lo de tomar decisiones a ciegas es como pasear por un campo de minas, así que asumimos tranquilamente que habremos metido la pata en un montón de cosas y que ya habrá tiempo de solucionarlas.

Como le respondí a mi amiga cuando me preguntó aquello, lo que realmente me preocupa es la relación que vamos a crear con nuestra hija, que es para lo que más me estoy "preparando". Si tiene más o menos ropa, juguetes o accesorios me resulta absolutamente secundario, porque no, yo no he querido formar una familia para dedicarme a "comprar".

jueves, 4 de enero de 2018

La ecografía de las veinte semanas

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Esta es la primera ecografía a la que acudimos con la certeza de que nuestra hija estaba viva. No sé cómo de radical o exagerado sonará esto, pero para nosotras fue muy importante. Porque, desgraciadamente, sabemos lo que es acudir a una ecografía y recibir la noticia de que el corazón de tu bebé se ha parado. Así que sentir los movimientos de nuestra pequeña mientras estábamos en la sala de espera... ¡no tuvo precio!

He querido empezar por aquí porque me gustaría destacar que, en los embarazos después de pérdida(s), no solo hay temores, sino también momentos de tranquilidad. Y que la grandísima tranquilidad de saber que tu hija está viva termina llegando. Y que es maravilloso :)

Esta fue también una ecografía muy especial porque fue la última en que pudimos sacarle una "foto" a nuestra peque, pues después hundió su cabeza "en la línea de salida", y que si quieres arroz. Es una foto preciosa, en la que, por primera vez, pudimos empezar a intuir sus rasgos. Por eso mismo, prefiero guardarla para nuestra intimidad y no publicarla en el blog ;)

Por lo demás, quien haya vivido la ecografía de las veinte semanas sabe que no es una prueba agradable. Se trata de una ecografía larga, en la que examinan cada órgano del bebé con detenimiento, lo cual resulta sumamente estresante mientras se espera "el veredicto". En nuestro caso, comenzaron mirando el corazón, y no fue hasta que la ginecóloga dijo aquello de: "Corazón... bien" que empezamos a respirar. Yo pensaba todo el rato que, si el corazón estaba bien, con el resto podríamos, así que me dediqué a ir "tachando de la lista" el resto de los órganos. Afortunadamente, no fue necesario "poder", porque todo estaba aparentemente sano.

Aunque esta ecografía es abdominal, a mí tuvieron que hacérmela también vaginal, pues la pequeña ya estaba en posición cefálica y no conseguían medirle el perímetro craneal ni observar su cerebro. No me importó lo más mínimo (¡a estas alturas...!), aunque la doctora me dio muchas explicaciones, casi como excusándose, lo cual me pareció todo un detalle.

Además de observar a la pequeña, también estuvieron comprobando el estado de mis arterias uterinas, esas que deben alimentar al bebé y que tan frecuentemente se obstruyen en caso de trombofilias y/o SAF. Yo estaba muy preocupada por este tema, y ya en la ecografía de las dieciséis semanas le pregunté a la doctora si iban a mirarlas, aunque aquella vez ella me dijo que era demasiado pronto. Esta vez, sin embargo, lo hicieron, y nuevamente recibimos buenas noticias, pues ambas estaban perfectamente.

Al final de la exploración, nos confirmaron que seguía "pareciendo" una niña, lo cual nos alegró muchísimo, porque ya nos habíamos hecho a la idea.

Aproveché esta consulta para preguntarle a la ginecóloga por mis problemas de sueño. Desgraciadamente, llevaba ya varias semanas con un insomnio insufrible, debido a lo que claramente identificaba como "síndrome de piernas inquietas". Se trata de un desorden neurológico que provoca una inquietud motora in-so-por-ta-ble a medida que el cuerpo se relaja o intenta dormir.

Algo parecido me había ocurrido ya en las primeras semanas de embarazo, durante las que fui incapaz de conciliar el sueño. Pero, después, la sensación desapareció y me estuve pegando unas noches y unas siestas estupendas. Sin embargo, fue empezar el curso y, poco a poco, mi bienestar se volvió a ir al traste. Cuando acudí a esta consulta, estaba ya absolutamente desesperada, porque no podía ni tumbarme después de comer sin empezar a sentir que me quería arrancar las piernas desde la cadera.

La única solución que me ofreció la ginecóloga esta vez fue la de tomar valeriana y, si me pasaba más de tres noches sin pegar ojo, medio valium. No fue algo que me agradara, porque se desconoce el efecto de la valeriana durante el embarazo, y el valium... bueno, eso ya me parecían palabras mayores. Pero, ante el dilema de seguir perdiendo calidad de vida (porque el insomnio crea un círculo vicioso de ansiedad y más insomnio que resulta difícil de romper), opté por tomar valeriana durante unos días.

Al principio, hizo un efecto muy bueno, logré conciliar mejor el sueño y, sobre todo, no despertarme cincuenta veces a lo largo de la noche. Pero su efecto fue limitado: al final, según iba avanzando la semana y se me acumulaba el cansancio, dejaba de dormir de nuevo. Fue una situación que duró varios meses, y que, sin duda alguna, ha sido para mí el síntoma que ha dado al traste con el bienestar del segundo trimestre de embarazo. Si hubiera seguido durmiendo como cuando estaba de tres meses, habría sido maravilloso; pero el síndrome de piernas inquietas es un trastorno que vuelve loco al más equilibrado. Así que, lo que pudo haber sido un camino de rosas, se acabó transformando en un jardín plagadito de espinas.

A pesar de ello, la ecografía de las veinte semanas, junto con los movimientos cada vez más contundentes de nuestro bebé, nos llenaron de fuerzas para enfrentarnos a las seis semanas que pasaron antes de volver a ver a nuestra pequeña. Hasta el momento, ha sido el periodo de tiempo más largo que hemos pasado sin hacernos una ecografía; sin embargo, se nos ha hecho mucho más corto que cualquiera de los anteriores.

Y es que ese tipo de tranquilidad también acaba llegando :)

lunes, 1 de enero de 2018

2018

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Este era el año. 

No el 2014, ni el 2015, ni el 2016. 
Ni siquiera el 2017. 

Este era el año que estrenaría embarazada, muy embarazada de nuestra querida hija. 

La Vida, sin embargo, no se resiste a recordarme que hay muchas cosas que no están en mi mano. Que me conviene ser humilde o bien enfrentarme a la desesperación, porque mis planes no suelen cumplirse tal y como yo deseo.

Esperaba pasar estas fechas alternando descanso y actividad. Quería tomarme las cosas con más calma, ahora que he atravesado la barrera de las treinta semanas y ya voy notando el peso del embarazo. Pero también quería disfrutar como no había podido hacerlo durante el último mes largo, ya que tuve que centrarme en el trabajo para dejarlo todo listo antes de pedir la baja. 

Me imaginaba organizando algunas cosas en casa, saliendo a hacer compras puntuales para ir teniendo todo listo antes de la llegada de nuestro bebé. Pensaba que habría tiempo para echarme mis buenas siestas y también para seguir asistiendo a mis clases de deportes "premamá", esas que tanto me revitalizaban y tan sana me hacían sentir, además de de darme los largos paseos que me había recomendado la enfermera de Endrocrinología.

Tenía el capricho de vivir estas Navidades "a lo grande". Quería comprar algunos adornos tontos para la casa, cocinar ahora que volvía a tener tiempo, invitar a familiares y amigos, hacernos juntos un montón de fotos como recuerdo de esta experiencia tan maravillosa.

También deseaba disfrutar plenamente de mi relación con Alma, apurar este tiempo que nos queda antes de formar una familia, aliviarla un poco de la carga que lleva desde que me quedé embarazada y ella tuvo que ocuparse de un montón de cosas que yo ya no podía hacer. 

Y, por supuesto, esperaba poder escribir muchísimo en mi blog, redactar pronto esas entradas que me condujeran hasta el presente, para poder seguir contado mi embarazo "en directo". Porque las primeras veinte semanas fueron muy intensas, pero después todo ha fluido más tranquilamente.

En vez de todo eso, llevo diez días viviendo entre el sofá y la cama, obligada a permanecer en un reposo relativo que solo me permite veinte minutos diarios de actividad.

Desde que cumplí las veinte semanas de embarazo, venía sintiendo muchas contracciones, sufriendo algunos picos de intensidad que ya me habían preocupado otras veces. Hace unos días, sin embargo, empecé a notarlas mucho más seguidas. Al principio no quise darle importancia, pensaba que con descanso se me pasaría. Después, decidí cronometrarlas, a raíz de intentar salir a dar un paseo tranquilo y tener que volverme a casa a los diez minutos porque, además de notar contracciones, me sentía mareada y con náuseas.

Tuve contracciones intensas cada 45 minutos a lo largo de todo un día, además de otras pequeñas que, en un principio, pensé que me podía estar inventando. Cuando, al día siguiente, me levanté igual, decidimos acercarnos a urgencias. Allí me pusieron monitores y, efectivamente, comprobamos que llegaba a sentir hasta seis o siete contracciones por hora. La mayoría de ellas tenían una intensidad media o baja, pero algunas venían con una fuerza similar a las contracciones de parto (aunque no eran dolorosas) y, desgraciadamente, habían empezado a borrarme el cuello del útero.

Por suerte, mi cuello todavía es muy largo, y la doctora no consideró que el cuadro llegara a "amenaza de parto". No obstante, me prescribió reposo relativo y 200 mg de progesterona cada noche. Esta situación, evidentemente, ha dado al traste con todos mi planes, además de hacerme sentir un rosario de emociones negativas cada día.

A pesar de todo ello, cuando ayer me tomaba las uvas, sonreía. Porque, por encima de las dificultades, mi pequeña y yo seguimos dando la batalla. Ella, tan fuerte y vital como siempre, y yo, encontrándome las fuerzas donde ya creí que no quedaba ninguna, dispuesta a luchar hasta el final.

Un final que se acerca, aunque esperamos que lo haga despacio.
Un final que, este año sí, se convertirá en un hermoso principio.

martes, 26 de diciembre de 2017

Consulta en Hematología

Y por fin, cuando estaba de dieciocho semanas, llegó la tan esperada consulta en Hematología de la Seguridad Social.

La primera vez que la pedí fue en octubre del año pasado. Acababa de sufrir mi tercer aborto y la doctora de la clínica nos pidió nuevas pruebas, algunas de ellas de marcadores inmunológicos y trombofílicos. Yo ya las tenía todas hechas de mi primer estudio de trombofilia, pero hacía falta repetir algunas de las que pueden cambiar con el tiempo. La vez anterior, acudí a mi doctora de cabecera y, en tres meses, tenía el estudio de trombofilia hecho. Esta vez, la nueva doctora me negó la derivación, haciéndome el tocomocho con una consulta de Esterilidad, sin contar con mi opinión ni cerciorarse de si, a estas alturas de mi vida reproductiva (después de cuatro inseminaciones, dos FIV y una ADE) tenía sentido.

La segunda vez que pedí la derivación a Hematología fue en enero de este año. Ya había tenido mi primera consulta en Inmunología, ya tenía un conato de diagnóstico, y solo necesitaba algunas pruebas más para completar el cuadro. Mi idea ya no era solo hacerme pruebas, sino "entrar en el sistema": que reconocieran mi patología en la Seguridad Social y que, eventualmente, fueran ellos quienes me atendieran. Nuevamente, sin embargo, mi doctora de cabecera se negó a derivarme, recordándome que tenía una cita pendiente en Esterilidad y que serían ellos quienes valorarían si debía acudir a Hematología o no.

La tercera vez, ni siquiera fui yo quien pidió la derivación, sino que la doctora me la dio directamente. Ya tenía mi diagnóstico casi completo y mi pauta de medicación, así como la fecha para comenzar el siguiente tratamiento. Lo único que necesitaba era que se hiciera cargo de la medicación: concretamente, de las recetas de heparina, un medicamento cuyo precio sin receta es astronómico. Pero la señora volvió a negarse. Viendo, no obstante, que me medicaría sí o sí, decidió mandarme a Hematología para lavarse las manos. Evidentemente, esta fue la última vez que fui a consulta con ella, pues me cambié de doctora de cabecera y conseguí mis recetas (y una atención médica excelente) sin ningún problema.

Si todo este periplo hubiera servido, al menos, para disfrutar de una atención adecuada en Hematología, habría merecido la pena. Pero resultó que la consulta cumplió todas las características de experiencia médica nefasta: fue desagradable, inútil y humillante.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Señales de vida

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Ocurrió un domingo por la tarde, mientras trabajaba en el ordenador. 
Habíamos cumplido las dieciocho semanas dos días atrás.

De pronto, ¡pop! Noté un golpecito en mi abdomen. Me quedé paralizada. ¿Aquello había sido...? Coloqué mi mano allí donde lo había sentido y... ¡pop! ¡Otra vez! No quedaba duda: ¡mi niña estaba dando patadas!

Solo con recordarlo vuelven a mí todas las sensaciones que rodearon aquel momento. Empecé a llorar y a reír al mismo tiempo, y salí corriendo a contárselo a Alma, que estaba en otra habitación.

–¡La noto! ¡La noto! ¡La he notado! ¡Ahora sí que sí! ¡Me ha dado dos patadas...!

Y es que, aunque llevaba atenta a los posibles movimientos en mi tripa desde que estaba de doce semanas (ansia viva que es una), fue a las dieciséis cuando empecé a notar "algo". "Algo" que no se parecía en nada a las típicas descripciones de los primeros movimientos del bebé: alitas de mariposa, burbujitas, una culebrilla... no. Yo empecé a sentir el útero como un globo lleno de agua (un globo de paredes muy gruesas, eso sí) que se balanceaba con movimientos ondulares, como me imagino que hacen las camas de agua.

Estaba muy contenta con esas sensaciones, porque tenía la idea de que tardaría mucho en sentir movimientos más evidentes. Y es que, en la ecografía de las doce semanas, escuché a la doctora decir que tenía la placenta anterior. Entre eso y el ser primeriza, no me esperaba nada hasta las veinte semanas o más; cosa que, sinceramente, me tenía bastante amargada. Que finalmente no fuera así me pareció todo un regalo de la Naturaleza (¡y de mi pequeña, claro!), un momento mágico más entre los que acompañan a este embarazo y que me están permitiendo recargar mi confianza en que las cosas también pueden salir bien.

Alma se emocionó mucho al verme a mí emocionada, aunque todavía tardamos tres días en que ella también pudiera notar las patadas. Desde entonces, he notado a la bebé cada día, algo que no deja de resultarme curioso porque, ¿cómo no la notaba antes y, de un día para otro, no he parado de notarla? ¿Qué pasó ese día que no pudiera pasar el día anterior? Para mí, es un misterio. 

Poco a poco, las "pataditas" han ido dando paso a movimientos más contundentes; y, de tener lugar en la parte baja del abdomen, han pasado a rodear el ombligo (y empujarlo, que es una de las sensaciones más grimosas que he tenido en la vida). Además, desde muy pronto fueron visibles desde fuera, y ahora que ya no son patadas, sino movimientos completos... ¡en fin! Ver moverse mi barriga en múltiples direcciones es todo un espectáculo. 

Además de ser una de las experiencias más hermosas que he vivido hasta el momento, sentir a la pequeña me ha dejado mucho más tranquila acerca de su bienestar. Es verdad que, al principio, la notaba solo un poco cada día; así que, los días en que la noté muy poco, me preocupé bastante. Afortunadamente, fue algo que se arregló con una buena dosis de paciencia, porque en algún momento del día, o al día siguiente, las patadas volvían a hacer su aparición.

Enseguida, además, entendí un poco sus pautas de movimiento y conseguí predecir los momentos en que estaría más activa: a media mañana, justo antes de almorzar; después de comer; y por la noche, al acostarme. Y aunque esos siguen siendo los momentos de mayor actividad, a medida que ha ido avanzando el embarazo ha terminado por moverse todo el día (noche incluida).

Al poco de empezar a notar estas "señales de vida", comenzaron también las famosas contracciones de Braxton Hicks. Las noté claramente alrededor de las veinte semanas, y desde entonces no han parado. Lo que no puedo asegurar es que "algo" de lo que yo notaba anteriormente no fuera tanto movimientos del bebé como contracciones, porque a veces me resultan un poco confusas. Por ejemplo, hay ocasiones en que se pone duro solo un punto muy concreto del útero (grande, pero concreto) y no me queda muy claro si es una especie de "contracción parcial" o más bien la pequeña empujando con una parte contundente de su cuerpo, como la espalda.

Aunque nunca han llegado a ser dolorosas, estas contracciones me han agobiado en algunos momentos porque sí que han llegado a ser muy abundantes. Personalmente creo que, en mi caso, su frecuencia viene determinada por mi ritmo de vida. Así, en los días más ajetreados, sobre todo de "ajetreo laboral", he llegado a tener más de una contracción a la hora, una situación que me ha obligado a pasar tardes enteras tumbada sobre el lado izquierdo para relajarme.

(A quienes les gusta opinar sobre cuándo debería pedir o no la baja, sobre todo a los que parecen creer que debería ir a trabajar hasta el día anterior al parto, les invitaría a pasarse un par de días temiéndose un parto prematuro, después de haberse visto obligados a subir y bajar escaleras una y otra vez, a permanecer de pie hasta sentirse mareados y a gestionar una clase de chavales de doce o quince años con ganas de verbena. ¡A ver qué opinaban entonces!).

En cualquier caso, fueron días de "susto" que ya pasaron, pues las contracciones han acabado por normalizarse... y yo me he acabado acostumbrado a ellas :)

domingo, 3 de diciembre de 2017

La segunda visita a la matrona

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Estando de diecisiete semanas, acudimos a nuestra segunda consulta con la matrona: la última cita de las programadas en la "rueda" del primer trimestre, a pesar de que ya lleváramos un tiempo transitando el segundo.

Si la primera vez alucinamos pepinillos con sus consejos sobre "comer muchos bollos" para coger todos esos kilos que debía ganar, esta vez hemos aterrizado de lleno en el territorio de lo inenarrable; a pesar de lo cual, voy a hacer un esfuerzo para explicar lo que pasó.

En primer lugar, me pesó y me volvió a repetir que tenía mucho que engordar. De verdad que, a estas alturas, empiezo a estar hasta el mismísimo sobre estas "charlas" acerca de mi peso. No solo por el malestar que personalmente me causan, sino porque creo que se trata de una irresponsabilidad por parte de los profesionales sanitarios. ¿Acaso no son conscientes de lo vulnerables que somos las mujeres a desarrollar enfermedades como la anorexia y la bulimia? ¿Qué les hace pensar que, en este sentido, el embarazo es un periodo diferente de nuestra vida? ¿No se dan cuenta de que se trata, incluso, de un momento vital en que nuestra vulnerabilidad aumenta? Entonces, ¿a qué viene ese machaque continuo sobre nuestro peso?

En fin.

Esta vez aguanté el chaparrón como pude, confiando en que, cuando le enseñara a la señora los resultados de mis dos curvas de glucosa, se comería todas sus palabras. Pero no lo hizo. Es más: le dio exactamente igual estar recomendando a una mujer con diabetes gestacional que se cebara. Simplemente, cambió de tema, como si una cosa no tuviera que ver con la otra.

Mientras ella farfullaba sobre la diabetes tan horrible que padezco, yo, haciendo acopio de unas fuerzas que hoy sería incapaz de encontrarme, le comenté que existía la posibilidad de que las pruebas me hubieran sentado especialmente mal debido a mi SOP, pero que esos niveles no se correspondieran con el funcionamiento normal de mi páncreas.

–Jo, jo, jo... ¡No! ¡No! Con estas curvas no cabe duda de que tengas diabetes. Jo, jo, jo... El funcionamiento normal de tu páncreas... Tienes diabetes, dia-be-tes...

Alevosamente (insisto: hoy no me habría molestado ni en dirigirle la palabra), le dejé el cuadrante de mis glucemias encima de la mesa.

–Huy, huy... ¡pero si esto está bajísimo! Huy, ¡no, no, no! Tú debes de ser de esas personas a las que la curva de glucosa les da un falso positivo.

Por si acaso, quiero aclarar que yo no creo que mis curvas de glucosa sean una tontería, yo creo que son la prueba de algo muy serio: simplemente me cuestiono si ese "algo muy serio" es diabetes o, mejor dicho, si es "solo" diabetes. En cualquier caso, los bandazos en la opinión de esta señora me dejaron patidifusa.

Afortunadamente, después llegó el momento más dulce de la consulta, por el que todas las estupideces que tuvimos que aguantar pasaron a un segundo plano: el momento de escuchar el latido de nuestra pequeña.

Cuando lo cuento, la gente me pregunta si es que no lo había escuchado antes, ya que su recuerdo me emociona profundamente. Y sí, por supuesto, lo había escuchado ya cuatro veces, e incluso lo había visto parpadear en la pantalla del ecógrafo una quinta más. Pero, para mí, sigue siendo un milagro, una experiencia emocionante donde las haya. Más aún cuando, en ausencia de imágenes, todos mis sentidos se embargaron con él.

La matrona tenía una enfermera en prácticas (con quien me encantaría tomarme un café y comentar las mejores jugadas de su "maestra") que estuvo hurgando en mi barriga con el micrófono. Encontró el latido del cordón umbilical muy rápido, pero el del corazón le costó un poco más. No me importó: de hecho, añadió más emoción todavía a la experiencia. Cuando por fin logró captarlo, nos envolvió un sonido contundente: el galope perfecto de una yegua salvaje. A mí se me saltaron las lágrimas y me invadió una profunda emoción.

–Es una niña, ¿verdad? –dijo la matrona, por una vez, asistida por la profesionalidad. 

Y es que, al parecer, los corazones de las niñas se escuchan más alto y más fuerte que los de los niños, por lo que, solo con oírlos, se puede llegar a conocer el sexo del feto.

Todavía henchida de orgullo por la fuerza de nuestra pequeña, me volví a sentar en la silla para asistir al momento más surrealista de toda la consulta:

–¿Vais a querer ir a las clases preparto?
–Sí, por supuesto –respondimos al unísono.
–Bueno, os lo pregunto porque hay mucha gente... De hecho, ya están casi llenas...

La señora empezó a meterse en un jardín extraño del que solo pudimos deducir que trataba de disuadirnos de ir a aquellas clases.

–Si venís, os tengo que advertir de que seguramente os sintáis mal. Porque yo llevo ya muchos años dando las mismas clases, me las sé de memoria, y en ellas me dirijo a parejas.

Yo, con el trote veloz de mi hija todavía palpitándome en el oído, no llegué a entender qué quería decir. Pero Alma fue más avispada:

–¿Te refieres a parejas heterosexuales?

La señora continuó adentrándose en el jardín.

–Es que llevo tantos años dando estas clases... Y hago mucho hincapié en el padre, nombro continuamente al padre... Y vosotras os sentiréis mal. Ya me pasó con unas chicas hace unos años: que vinieron a la primera clase y ya no volvieron.

Alma enmudeció, roja de ira. Yo me debatía entre echarme a reír a carcajadas o montar en cólera. Al final, opté por tomármelo de la mejor manera posible (seguramente, debido al chute de endorfinas que acababa de recibir) y le dije que, mientras una de cada cuatro veces que fuera a nombrar al padre lo sustituyera por "pareja", nos daríamos por satisfechas. Que con que recordara que estábamos ahí, era suficiente.

Cuando salimos, claro, dijimos muchas cosas más. Alma sacó toda la indignación que llevaba dentro, mientras yo seguía sin saber cómo valorar lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo te tomas que alguien te advierta amablemente de que piensa comportarse de manera homófoba en tu presencia? ¿Es un detalle la advertencia? ¿Es menos homófobo un comportamiento cuya inconveniencia se conoce pero no se cuestiona?

Y, sobre todo, ¿por qué la ausencia de aquella pareja lesbiana después de la primera clase no ha provocado ningún cambio positivo en esta señora? Si ella cree que no volvieron por su actitud discriminadora, ¿cómo es que no ha intentado mejorar desde entonces? ¿Por qué no aprovecha la oportunidad de redención que le ofrecemos? Aunque, para mí, lo más obvio y peor es que ni siquiera haya contemplado que el motivo por el cual no volvieron fuera otro, como que su clase les pareciera una puñetera basura...

Ya queda poco para empezar el dichoso curso de preparación al parto, y las perspectivas no pueden ser peores. Me gustaría poder aprender y ganar confianza con la clases, sin tener que estar alerta para defendernos del ninguneo al que esta mujer ya nos ha advertido que nos someterá. Pero no doy un duro por la calidad de los contenidos, habida cuenta de que esta señora es consciente de llevar veinte años dando las mismas charlas sin ninguna intención de actualizarse.

¿Atravesaremos nosotras la barrera de la primera clase...?

domingo, 26 de noviembre de 2017

La tripa crece (semanas 17 a 20)

Ya antes de vivir este embarazo, me agobiaba la perspectiva de que mi cuerpo, inmerso en semejante proceso, se volviera "público". Con esto me refiero a esa transformación por la cual el cuerpo de una mujer embarazada deja de pertenecer por completo a dicha mujer para convertirse en una especie de "res publica" sobre la que quienes la rodean creen haber adquirido algunos derechos. 

Particularmente, me desagradaba la idea de que la gente acariciara mi tripa, como había visto hacer con otras mujeres embarazadas. Me preguntaba por qué nos sentimos legitimados a tocar el cuerpo de una mujer mientras alberga otra vida en su interior, cuando la misma acción no tendría cabida en otra situación, sino que sería interpretada como una invasión de la intimidad, cuando no directamente una agresión sexual.

El caso es que, mientras mi tripa ha sido catalogada como "cervecera", nadie se ha interesado por acariciarla; pero, a medida que ha ido creciendo, ha empezado a despertar el interés que yo tanto temía. Y eso es algo que ha ocurrido una vez que he sobrepasado el umbral de las dieciséis semanas:


Al contrario de lo que yo pronosticaba, sin embargo, no me ha resultado horroroso que la gente desee tocar mi tripa. Y es que, poco a poco, la he ido "reconceptualizando" como un espacio que no es del todo mío, sino compartido con mi hija. Es algo que ha ocurrido de manera natural: simplemente, he dejado de sentir mi barriga como parte de mi cuerpo para entenderla como una mera consecuencia de la presencia de otra vida en su interior. 

Cuando las personas que me rodean (y me rodean muchas personas, no solo familiares y amigos, sino también compañeros de trabajo y alumnos) me han pedido permiso para acariciarme (y la mayor parte de las veces ha ocurrido así), yo he entendido que era a mi hija a quien querían acariciar, algo que me ha parecido hermoso y que, incluso, me ha llenado de ilusión y alegría. 

También he entendido, esta vez desde el otro lado, esa fascinación que yo misma había sentido hacia las tripas de embarazadas (aunque siempre hubiera reprimido mi deseo de tocarlas por respeto), y me ha parecido estupendo que muchas personas saciaran su curiosidad o su necesidad de compartir el milagro a través de mi cuerpo. De hecho, la mayoría de quienes se han acercado a mi barriga con intenciones táctiles han sido mujeres que, a su vez, ya habían estado embarazadas, y solo querían recordar la sensación de albergar en su vientre a sus propios hijos. 

No creo que haya en ello nada de malo, sino todo lo contrario: mientras nos sigamos emocionando ante el milagro de la vida, mientras lo sigamos viendo como algo digno de admiración, podremos conservar la esperanza de llegar a ser, como Humanidad, la mejor versión de nosotros mismos.

Sin embargo, aunque esta parte que yo tanto temía no ha terminado siendo la parte desagradable del asunto, sí que he comprobado con horror lo que significa, en otros aspectos, que tu cuerpo se vuelva "público".

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Qué significa ser diabética?

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Hace unos días tuve mi última consulta con la endocrina. Según sus propias palabras, tanto mis glucemias como el aumento de peso son "perfectos", propios de una mujer que no tuviera diabetes. "Pero la prueba de la glucosa te salió mal, así que eres diabética". Durante el resto del embarazo, me controlarán las enfermeras y, tres meses después de dar a luz, tendré que repetirme la dichosa prueba para que "nos aseguremos" de que todo ha regresado a la normalidad.

Cuando se lo conté a Alma, ella dio voz a los pensamientos que invadieron mi mente al saber que la "normalidad" implicaba una prueba de glucosa "normal":

–Pero... ¡te va a volver a salir mal! ¡Te van a decir que eres diabética!

Como ya expliqué en su momento, mis pruebas de glucosa salieron MAL con mayúsculas. Yo no soy de las que se pasaron "por poco" de los límites: yo reventé el concepto mismo de límite; por lo que estoy absolutamente segura de que no se trata solo del embarazo, sino del funcionamiento de mi páncreas en general. Así me lo hizo saber también una de las enfermeras de Endocrinología: mi páncreas no tolera la entrada masiva de glucosa en mi organismo, ni durante el embarazo, ni fuera de él. Así que me estoy haciendo a la idea de que pronto obtendré la etiqueta de diábética, sin apellidos.

Pero, ¿qué significa ser diabética? Después de recibir el diagnóstico, cuando empecé a recuperarme del golpe y me volvieron las fuerzas, estuve investigando un poco sobre el Test O'Sullivan. Y lo que encontré me gustó bastante. Porque resulta que no somos solo las embarazadas a quienes nos sienta mal esta prueba las que tenemos una perspectiva crítica sobre ella, sino que dicha perspectiva también existe entre los profesionales de la salud. 

Una de las críticas que se le hacen a este test es el hecho de que se diagnostique una enfermedad basándose en un escenario creado de manera artificial que apenas tiene correspondencia con la vida real. Es decir, que nuestro páncreas nunca se va a tener que enfrentar a la ingesta masiva de glucosa tras un ayuno prolongado, puesto que no comemos así. De hecho, existen alternativas a la prueba, como hacerla tras un desayuno copioso que contenga diferentes grupos de alimentos; o también monitorizar las glucemias durante el periodo de tiempo que se estime oportuno. Es verdad que estas alternativas no permiten estandarizar los resultados, ya que no se controla la cantidad exacta de glucosa que se ingiere. Pero sí que demuestran, sobre todo en el segundo caso, cuál es el funcionamiento real del páncreas.

En este sentido, yo me pregunto cuál habría sido mi diagnóstico si viviera en un país donde, por ejemplo, se monitorizaran las glucemias en vez de realizar el Test O'Sullivan. Por pura curiosidad, he hecho las medias de mis glucemias desde que las mido dos veces por semana, y los resultados son los siguientes:

Haz clic en la imagen para ampliarla.

Además, de todas las glucemias, un 35% está por debajo de 70 (es decir, que son hipoglucemias), mientras que solo un 2,5% se encuentra por encima de 95 (el máximo antes de las comidas) o 120 (el máximo después de las comidas, que sube a 140 tras la cena, porque las mido una hora después para poder acostarme temprano).

Por supuesto, estas glucemias se enmarcan dentro de una dieta en la que no se incluye nada de azúcar y los hidratos de carbono complejos están repartidos a lo largo del día (no diré restringidos, porque solo lo están en apariencia: en cada comida no puedes pasarte de una cantidad determinada, pero si sumas todos los del día, resulta un auténtico atiborre). No obstante, se trata de una contexto más que suficiente para que mi páncreas se comporte como si no tuviera ningún problema; si bien es verdad que, en las contadas ocasiones en que me ha desviado mucho de la dieta, lo he notado (definitivamente, ponerse hasta las cejas de judías pintas con arroz no es una opción).

En cualquier caso, aunque considere que el dichoso O'Sullivan es más un atentado contra la salud que una prueba fiable, y aunque mis glucemias no se parezcan en nada a las de una persona diabética, no cuestiono la realidad: la mayor parte de las embarazadas salen airosas de esta prueba y a mí casi me revienta por dentro. Mi páncreas no tiene un funcionamiento normal y yo soy consciente de ello: como he dicho en otras ocasiones, por eso tengo SOP; de lo contrario, no lo tendría.

Por tanto, si ser diabética significa esto, que mi páncreas no soporta el azúcar y que debo eliminarlo de mi dieta, a la vez que equilibro la ingesta de hidratos de carbono... pues tampoco es ninguna novedad. Nunca lo había visto en cifras, pero los estragos que provoca en mi cuerpo los tenía yo medidos de otras maneras. Por ejemplo, una vez estuve en una comida campestre y me pimplé yo sola una botella de refresco. Bueno, pues al día siguiente me levanté con la cara arrasada de granos. También en este embarazo, cuando empecé a tomarme las cuatro galletitas maría de la merienda, sufrí un brote de acné que me traía por la calle de la amargura. Fue sustituirlas por galletas sin azúcar y disfrutar de una cutis por el que habría matado durante los últimos doce años. Así que no, sorpresa ninguna.

De hecho, si ser diabética oficial me da la fuerza que a veces me falta para resistirme a algunos dulces e implica un mejor cuidado de mi salud en todos los sentidos... pues bienvenido sea. No es que me haga una ilusión particular tener que ir a revisiones o controles frecuentes (aunque tampoco sé muy bien cómo va), pero ir rebotando de Ginecología a Dermatología durante más de una década, sin diagnóstico y sin solución a mis problemas, tampoco era ninguna bicoca. 

Tal y como comentamos muchas veces la enfermera de Endrocrinología y yo, la dieta que sigo es una dieta saludable, sin restricciones importantes (más bien con racionalizaciones importantes), de la que la mayor parte de la población se beneficiaría. Porque el azúcar no es bueno, no solo jode el páncreas, aunque este es un tema que daría para otras entradas. En ese contexto, además, no necesitaría otros cuidados médicos: ya me dijo la endocrina que ni siquiera me recomendaba la metformina para mi vida cotidiana, aunque si quería volver a quedarme embarazada, no le parecía mal que la utilizara para mejorar mis posibilidades.

Lo que me molesta de esta situación, con lo que no termino de estar de acuerdo, es el hecho de que se me diagnostique de diabetes en vez de explicar mi cuadro a partir del SOP. Porque eso implica, de nuevo, volver a infravalorar ese diagnóstico y la propia enfermedad, seguir obviando sus consecuencias y dejar sin tratamiento muchos de los síntomas que conlleva. 

Mientras los médicos sigan considerando que el SOP es una enfermedad de gordas histéricas sin apenas consecuencias, las mujeres que lo sufrimos seguiremos viendo cómo nuestra calidad de vida disminuye y acaba derivando en enfermedades "serias" que podrían haberse evitado. La infertilidad, el sobrepeso, el acné, la alopecia y la depresión (que a mí me parece una consecuencia obvia de lo anterior) se seguirán valorando como achaques independientes sin ninguna gravedad, y cuando la falta de cuidados nos produzca diabetes de la chunga o problemas cardiovasculares, los médicos seguirán sin ver el cuadro completo y sin ofrecernos, por tanto, el tratamiento interdisciplinar que requerimos.

Así que lo que me importa ahora no es que me diagnostiquen o no de diabetes, sino saberme obligada a continuar, quién sabe durante cuánto tiempo, la desoladora batalla por el SOP.

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