sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Qué significa ser diabética?

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Hace unos días tuve mi última consulta con la endocrina. Según sus propias palabras, tanto mis glucemias como el aumento de peso son "perfectos", propios de una mujer que no tuviera diabetes. "Pero la prueba de la glucosa te salió mal, así que eres diabética". Durante el resto del embarazo, me controlarán las enfermeras y, tres meses después de dar a luz, tendré que repetirme la dichosa prueba para que "nos aseguremos" de que todo ha regresado a la normalidad.

Cuando se lo conté a Alma, ella dio voz a los pensamientos que invadieron mi mente al saber que la "normalidad" implicaba una prueba de glucosa "normal":

–Pero... ¡te va a volver a salir mal! ¡Te van a decir que eres diabética!

Como ya expliqué en su momento, mis pruebas de glucosa salieron MAL con mayúsculas. Yo no soy de las que se pasaron "por poco" de los límites: yo reventé el concepto mismo de límite; por lo que estoy absolutamente segura de que no se trata solo del embarazo, sino del funcionamiento de mi páncreas en general. Así me lo hizo saber también una de las enfermeras de Endocrinología: mi páncreas no tolera la entrada masiva de glucosa en mi organismo, ni durante el embarazo, ni fuera de él. Así que me estoy haciendo a la idea de que pronto obtendré la etiqueta de diábética, sin apellidos.

Pero, ¿qué significa ser diabética? Después de recibir el diagnóstico, cuando empecé a recuperarme del golpe y me volvieron las fuerzas, estuve investigando un poco sobre el Test O'Sullivan. Y lo que encontré me gustó bastante. Porque resulta que no somos solo las embarazadas a quienes nos sienta mal esta prueba las que tenemos una perspectiva crítica sobre ella, sino que dicha perspectiva también existe entre los profesionales de la salud. 

Una de las críticas que se le hacen a este test es el hecho de que se diagnostique una enfermedad basándose en un escenario creado de manera artificial que apenas tiene correspondencia con la vida real. Es decir, que nuestro páncreas nunca se va a tener que enfrentar a la ingesta masiva de glucosa tras un ayuno prolongado, puesto que no comemos así. De hecho, existen alternativas a la prueba, como hacerla tras un desayuno copioso que contenga diferentes grupos de alimentos; o también monitorizar las glucemias durante el periodo de tiempo que se estime oportuno. Es verdad que estas alternativas no permiten estandarizar los resultados, ya que no se controla la cantidad exacta de glucosa que se ingiere. Pero sí que demuestran, sobre todo en el segundo caso, cuál es el funcionamiento real del páncreas.

En este sentido, yo me pregunto cuál habría sido mi diagnóstico si viviera en un país donde, por ejemplo, se monitorizaran las glucemias en vez de realizar el Test O'Sullivan. Por pura curiosidad, he hecho las medias de mis glucemias desde que las mido dos veces por semana, y los resultados son los siguientes:

Haz clic en la imagen para ampliarla.

Además, de todas las glucemias, un 35% está por debajo de 70 (es decir, que son hipoglucemias), mientras que solo un 2,5% se encuentra por encima de 95 (el máximo antes de las comidas) o 120 (el máximo después de las comidas, que sube a 140 tras la cena, porque las mido una hora después para poder acostarme temprano).

Por supuesto, estas glucemias se enmarcan dentro de una dieta en la que no se incluye nada de azúcar y los hidratos de carbono complejos están repartidos a lo largo del día (no diré restringidos, porque solo lo están en apariencia: en cada comida no puedes pasarte de una cantidad determinada, pero si sumas todos los del día, resulta un auténtico atiborre). No obstante, se trata de una contexto más que suficiente para que mi páncreas se comporte como si no tuviera ningún problema; si bien es verdad que, en las contadas ocasiones en que me ha desviado mucho de la dieta, lo he notado (definitivamente, ponerse hasta las cejas de judías pintas con arroz no es una opción).

En cualquier caso, aunque considere que el dichoso O'Sullivan es más un atentado contra la salud que una prueba fiable, y aunque mis glucemias no se parezcan en nada a las de una persona diabética, no cuestiono la realidad: la mayor parte de las embarazadas salen airosas de esta prueba y a mí casi me revienta por dentro. Mi páncreas no tiene un funcionamiento normal y yo soy consciente de ello: como he dicho en otras ocasiones, por eso tengo SOP; de lo contrario, no lo tendría.

Por tanto, si ser diabética significa esto, que mi páncreas no soporta el azúcar y que debo eliminarlo de mi dieta, a la vez que equilibro la ingesta de hidratos de carbono... pues tampoco es ninguna novedad. Nunca lo había visto en cifras, pero los estragos que provoca en mi cuerpo los tenía yo medidos de otras maneras. Por ejemplo, una vez estuve en una comida campestre y me pimplé yo sola una botella de refresco. Bueno, pues al día siguiente me levanté con la cara arrasada de granos. También en este embarazo, cuando empecé a tomarme las cuatro galletitas maría de la merienda, sufrí un brote de acné que me traía por la calle de la amargura. Fue sustituirlas por galletas sin azúcar y disfrutar de una cutis por el que habría matado durante los últimos doce años. Así que no, sorpresa ninguna.

De hecho, si ser diabética oficial me da la fuerza que a veces me falta para resistirme a algunos dulces e implica un mejor cuidado de mi salud en todos los sentidos... pues bienvenido sea. No es que me haga una ilusión particular tener que ir a revisiones o controles frecuentes (aunque tampoco sé muy bien cómo va), pero ir rebotando de Ginecología a Dermatología durante más de una década, sin diagnóstico y sin solución a mis problemas, tampoco era ninguna bicoca. 

Tal y como comentamos muchas veces la enfermera de Endrocrinología y yo, la dieta que sigo es una dieta saludable, sin restricciones importantes (más bien con racionalizaciones importantes), de la que la mayor parte de la población se beneficiaría. Porque el azúcar no es bueno, no solo jode el páncreas, aunque este es un tema que daría para otras entradas. En ese contexto, además, no necesitaría otros cuidados médicos: ya me dijo la endocrina que ni siquiera me recomendaba la metformina para mi vida cotidiana, aunque si quería volver a quedarme embarazada, no le parecía mal que la utilizara para mejorar mis posibilidades.

Lo que me molesta de esta situación, con lo que no termino de estar de acuerdo, es el hecho de que se me diagnostique de diabetes en vez de explicar mi cuadro a partir del SOP. Porque eso implica, de nuevo, volver a infravalorar ese diagnóstico y la propia enfermedad, seguir obviando sus consecuencias y dejar sin tratamiento muchos de los síntomas que conlleva. 

Mientras los médicos sigan considerando que el SOP es una enfermedad de gordas histéricas sin apenas consecuencias, las mujeres que lo sufrimos seguiremos viendo cómo nuestra calidad de vida disminuye y acaba derivando en enfermedades "serias" que podrían haberse evitado. La infertilidad, el sobrepeso, el acné, la alopecia y la depresión (que a mí me parece una consecuencia obvia de lo anterior) se seguirán valorando como achaques independientes sin ninguna gravedad, y cuando la falta de cuidados nos produzca diabetes de la chunga o problemas cardiovasculares, los médicos seguirán sin ver el cuadro completo y sin ofrecernos, por tanto, el tratamiento interdisciplinar que requerimos.

Así que lo que me importa ahora no es que me diagnostiquen o no de diabetes, sino saberme obligada a continuar, quién sabe durante cuánto tiempo, la desoladora batalla por el SOP.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Su primer juguete

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Mi prima Oli ha sido la encargada de regalarle a nuestra pequeña su primer juguete. Se trata de un peluche que representa uno de sus animales preferidos. Tiene el pelo de colores variados, porque sabe que odiamos la pareja rosa/azul. Me hizo mucha ilusión cuando me lo dio, pero la ilusión se transformó en una emoción más profunda cuando me explicó su historia:

–Lo compré hace un año, cuando estuve en el Museo.
–...
–...
–¿Hace UN AÑO?
–Sí.
–¿Y llevas guardándolo todo este tiempo?
–¡Claro! Sabía que, antes o después, tendría la oportunidad de regalártelo.

Mi prima Oli fue también la encargada de regalarle su primera camiseta, hace más de tres años, cuando todavía estábamos inmersas en la segunda inseminación artificial. Paseábamos por un centro comercial, la vio, le gustó, la compró y me la regaló.

–Le voy a comprar esta camiseta a tu bebé.
–Pero si todavía no hay bebé...
–Da igual, pero lo habrá.
–Pero puede tardar mucho tiempo...
–No importa, porque llegará.

Han sido tantas las veces en que me he sentido absolutamente sola durante este proceso, tantísimas las ocasiones en que he pensado que solo yo sostenía la esperanza de que podía salir bien, que comprobar que otras personas también lo creían, que durante todo este tiempo no he sido la única que ha mantenido la ilusión, que ha esperado con ganas la llegada de nuestra pequeña, que la ha preparado incluso... es algo que me reconcilia con mi propia experiencia, que me devuelve la autoestima, la confianza en mi toma de decisiones, que me recuerda que no había perdido la perspectiva, sino que me estaba enfrentando a una carrera de obstáculos tan grandes que no me permitían siquiera atisbar el horizonte.

–Tengo más cosas, ya te las iré dando.
–¡Pero, tía...!
–¿Qué?
–¿Has estado comprando cosas todo este tiempo?
–¡Claro! Cosa que me gustaba, cosa que compraba...

Es lo que tienen los caminos largos: que da tiempo a hacer muchas compras :)

jueves, 2 de noviembre de 2017

Pilates para embarazadas

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Empecé a practicar pilates hace cinco años. Mi psicóloga de entonces me había recomendado realizar algún deporte para que me ayudara en el proceso de dejar los antidepresivos. Ella opinaba que debía escoger una actividad que comportara un desgaste físico elevado, como spinning o kick-boxing, ya que así podría desfogar a gusto mi ansiedad y chutarme endorfinas a cascoporro.

Todavía recuerdo cómo la miré cuando me dijo aquello. ¿Spinning? ¿Kick-boxing? ¿Es que no se había dado cuenta de lo esmirriado de mi constitución, de mi nula motivación hacia cualquier forma de competición o violencia, de mi espíritu ávido de actividades culturales tranquilas y armoniosas? Le dije que me lo pensaría, aunque sabía que no había nada que pensar. Así que, en la siguiente cita, puse sobre la mesa las dos únicas opciones con las que estaba dispuesta a transigir: o yoga o pilates.

Ella insistía en que ese tipo de deportes no era suficiente para enfrentarme a los tsunamis de rabia, frustración y ansiedad que cada cierto tiempo me arrasaban. Y hoy estoy segura de que tenía razón, no solo por los tsunamis que ya habían llegado, sino por los que iban a llegar. Sin embargo, ya entonces supe ver que, en ocasiones, es preferible asumir una solución imperfecta pero factible, que optar por la solución perfecta cuando sabemos, de antemano, que no vamos a ser capaces de llevarla a cabo.

Así fue como empecé las clases de pilates, por pura y dura salud mental. De hecho, durante los primeros meses mi cuerpo no hizo más que resentirse, después de haber pasado más de una década sin apenas realizar ninguna actividad que mereciese el título de deportiva (¡ah, los felices años veinte!). Como mi prioridad número uno era salir airosa de la depresión que atravesaba, me lo tomé muy en serio desde el principio, y pronto se convirtió, casi casi, en una religión: nunca faltaba a clase, me esforzaba al máximo en cada ejercicio y predicaba hasta la saciedad las virtudes del método entre quienes me rodeaban.

Desde el primer momento, además, las clases de pilates resultaron un revulsivo para mi consciente, recordándome cuál había sido el detonante de mi depresión y en qué debía centrar mis fuerzas ahora que estaba consiguiendo superarla. Y es que, sin importar qué días o a qué horas acudiera al gimnasio, parecía que siempre había una clase de pilates para embarazadas, antes o después. Veía salir sus barrigas cuando llegaba, o me las encontraba esperando a la salida. De vez en cuando, alguna compañera nos sorprendía con la noticia de que ella también estaba embarazada; incluso una de mis profesoras acabó por unirse al club de las barriguitas.

Al principio, me resultaba motivador. Sentía como si la Vida estuviera colocando señales luminosas en mi camino para que no me perdiera. Más tarde, cuando la maternidad se convirtió en un motivo de conflicto entre Alma y yo, empecé a sentirme incómoda. Eso era lo que yo quería, ¿por qué estaba siendo tan difícil tener siquiera la opción de conseguirlo? Las clases de pilates, no obstante, me sostuvieron también durante nuestra ruptura, ayudándome a que mi rutina no se desintegrara por completo, a pesar de que hubo algunos días en que seguir yendo me costó alguna que otra lagrimilla.

Pero, sin duda, el momento en que el pilates y mi camino hacia la maternidad se enredaron para siempre fue cuando empezaron los tratamientos. A lo largo de todos estos años, prácticamente han sido el único motivo por el que he faltado a clase: durante las betaesperas, por el miedo a que un mal movimiento diera al traste con la implantación; en las estimulaciones, a causa del dolor que me provocaban los ovarios repletos de folículos; tras el primer y el tercer aborto, debido a mi insoslayable necesidad de descanso físico y emocional.

Sin embargo, el momento de retomar las clases, después de cada negativo, de cada aborto, simbolizaba para mí el regreso a la lucha, la firmeza de mi voluntad de seguir intentándolo, de mantener mi salud física y mental para no abandonar el camino. Por esto, por todo esto, que haya llegado el día en que yo también puedo practicar pilates para embarazadas es algo que, por encima de muchas otras cosas, me sabe a triunfo, me sabe a victoria.

domingo, 29 de octubre de 2017

La ecografía de las dieciséis semanas

Una de las pocas ventajas de que tu embarazo sea clasificado como "de riesgo" es que controlan su desarrollo con ecografías cada cuatro semanas. Así nos lo explicaron en la ecografía de las doce semanas y la verdad es que fue un gran alivio. No solo porque evitaríamos el abismo de enfrentarnos a varios meses sin poder comprobar el estado de nuestro pequeño, sino porque esa clasificación implica el reconocimiento de algunas de las patologías que padezco y, con ello, aunque sea de manera indirecta, de todo mi historial reproductivo.

En esta ocasión, y gracias al crecimiento de la tripa, fui a la ecografía muchísimo más tranquila. Si bien las dos noches previas a la cita me costó conciliar el sueño, envuelta como estaba en pesadillas de tripas que encogían y bebés que ya no estaban, y aunque el rato que pasamos en la sala de espera del hospital sentía el estómago como una piedra... no tuvo nada que ver con la agonía que sufrí en la ecografía de las doce semanas.

La prueba, además, transcurrió sin sobresaltos. En cuanto se encendió el ecógrafo, pudimos ver que a nuestro bebé le habían salido unas piernas enormes, con las que pateaba mi útero alegremente sin que yo notara nada. Fue fascinante, porque los bebés de doce semanas aún tienen unas piernas desproporcionadamente pequeñas en comparación con el resto del cuerpo; pero, a las dieciséis semanas, ya han adquirido un tamaño mucho más cercano al que tendrán finalmente. Así que yo no podía dejar de mirarle las piernas y pensar: "¡Madre mía! ¡Qué larguirucho!". 

Su cabecita de perfil.
La doctora aprovechó para tomar algunas medidas de las que suelen comprobarse en la ecografía de las veinte semanas (perímetro y diámetro de la cabeza, perímetro abdominal y longitud del fémur). Cada vez que realizaba una, en la pantalla aparecía a cuántas semanas y días correspondía, y la verdad es que la mayoría coincidían con el tiempo exacto del embarazo, lo cual me dejó muy tranquila. ¡Fue como ir rellenando los cuadros de un cartón de bingo!

También comprobó el estado de algunos órganos, como los riñones. Esta parte no me resultó tan agradable, porque se volvió a producir ese momento tan alienante en el que los sanitarios hablan de ti como si no estuvieras delante. "Riñones... mmm... bien". Mientras la doctora exploraba cada órgano, yo no podía evitar contener la respiración y preguntarme qué ocurriría si alguno de ellos estuviera mal. ¿Diría en alto algo así como "Riñones... mmm... atrofiados"? ¿O se callaría: "Riñones... ehhh... no pongas nada, luego te digo"? Sobre todo teniendo en cuenta que, a los pocos minutos, se supone que te van a explicar cómo está todo.

En cualquier caso, lo mejor de la ecografía vino al final, cuando la doctora nos preguntó si queríamos conocer el sexo. Sabíamos que existía la posibilidad de desvelar el misterio en esta prueba, pero no nos habíamos querido hacer excesivas ilusiones por si teníamos que dejarlo para más adelante. Al fin y al cabo, nuestra prioridad era comprobar que todo iba bien.

domingo, 15 de octubre de 2017

La tripa crece (semanas 13 a 16)

Cuando salí de la tercera ecografía y comprendí lo que significaba enfrentarme a un mes completo sin tener noticias de nuestro pequeño, me planteé la posibilidad de comprar un doppler fetal. Era algo que ya había barajado antes, porque lo consideraba el equivalente a los test de embarazo tempranos: una especie de salvavidas para aquellas mujeres que nos enfrentamos al embarazo después de una o varias pérdidas.

Este uso concreto, el que permite monitorizar el bienestar fetal, es muy polémico. Pero yo, como en el caso de los test de embarazo, lo defiendo: porque el bienestar de la mujer gestante también debe ser una prioridad, y porque el sufrimiento que acarrea la incertidumbre no es ninguna broma. Tampoco animo a que se escuche el corazón del bebé a diario, igual que no me parece sano hacerse un test de embarazo cada vez que se va al baño. Pero entre eso y pasar semanas y meses "a pelo", creo que existe un equilibrio que merece la pena encontrar. 

En mi caso, sin embargo, terminé por considerarlo innecesario. Porque lo que yo no sabía cuando salí de la tercera ecografía es que mi tripa estaba a punto de empezar a crecer, y que lo haría a un ritmo suficiente como para permitirme reconectar con mi cuerpo y aprender a disfrutar, poco a poco, de la buena marcha de este embarazo:


Tampoco fue un proceso que tuviera lugar de un día para otro. Al principio, cada vez que me fotografiaba, buscaba en Internet imágenes de otras tripas del mismo tiempo que la mía para compararlas. Supongo que se trata de una inseguridad propia de embarazada primeriza un tanto psicótica, que desconoce lo que es normal o anormal en cualquier embarazo, y, sobre todo, en su propio cuerpo. Porque ahora entiendo que esto de las "formas" y los "tamaños" tiene más que ver con tu propia constitución y la de tu bebé que con el desarrollo "adecuado" o "inadecuado" del embarazo. En esas semanas, sin embargo, todo era nuevo para mí y el asunto me ponía un poco nerviosa.

Por otra parte, no todo ha sido un camino de rosas. Entre las semanas quince y dieciséis, sufrí una pequeña gran "crisis de confianza", que empezó cuando, una mañana, me levanté con la tripa mucho más plana de lo normal. En las fotos se aprecia ligeramente que, sobre todo en las semanas catorce y quince, iba muy redondita. Y, de pronto, ¡pluf!, se aplanó. Al hacerme la foto de las dieciséis semanas y compararla con las anteriores, me entraron los siete males, porque me parecía que había encogido. Yo intentaba ser razonable conmigo misma y me decía que, aun en el peor de los casos, la tripa podía dejar de crecer, pero no encogerse. Sin embargo, toda la lógica del mundo no pudo evitarme algunos días de pánico que, por fortuna, eran justamente los que quedaban para la siguiente ecografía.

¿Y qué había pasado? ¡Pues que el pequeño se había movido! Al menos desde la semana doce tenía la cabecita apoyada en mi abdomen, lo que le daba esa forma redondeada. Pero a finales de la semana quince, se giró completamente, hundiendo su cabeza en la parte baja de mi útero y dejando los piececitos hacia arriba. Por lo que, en cierto sentido, mi tripa sí que había encogido, pero no lo había hecho el bebé, que continuaba creciendo, aunque fuera desde una postura distinta.

Entiendo que esta "crisis" también es propia de la primeriza que todavía ignora que, cuando un bebé cambia de postura, el tamaño de la tripa varía ;)

Alguna locurilla más hubo por el camino, como cuando me entró la neura de que no fuera mi bebé lo que estuviera aumentando de tamaño, sino el hematoma que me vieron en la semana doce. Reconozco, no obstante, que fueron comeduras de tarro pasajeras, pues en estas semanas empecé a sentir que me había ganado de sobra el derecho a relajarme y disfrutar de aquello por lo que tanto había luchado. ¡Casi nada! 


jueves, 12 de octubre de 2017

Morados

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Cuando recuerdo con qué alivio, incluso con qué orgullo, hablaba sobre mis diez primeros pinchazos de heparina, no puedo más que sonreír desde la experiencia. ¡Qué ingenua era! ¡Qué pronto canté victoria, sin adivinar la que se me venía encima...!

Los primeros pinchazos de heparina son fáciles; y evitar los moratones subsecuentes, también. Porque la tripa pre-heparina es un terreno "virgen" donde hincar la aguja con libertad y mucho margen. Pero cuando empiezas a acumular cajas y cajas de inyecciones, el panorama cambia, haciendo realidad tus peores pesadillas.

He aquí un poco de lo que yo he descubierto hasta ahora:

1. Una tripa morada puede ser producto de un solo pinchazo. Cuando yo veía esas imágenes terribles por Internet, esas en las que media tripa está teñida de un color cercano al negro, pensaba: "Pero, ¿¿qué se ha hecho?? ¿Cómo se pincha así cada día?". Desgraciadamente, he comprobado en mis propias carnes que basta un mal pinchazo para dejarte la mitad del abdomen fuera de juego. Los morados de heparina no son de este mundo. Un solo error y ¡zas! se te queda la barriga como si acabaras de pasar la prueba de ingreso en una banda de maleantes. Y no solo es el color, no: lo peor es cómo duelen. Parece que te han pegado con un bate de béisbol y duele como si te hubieran pegado con un bate de béisbol. O, al menos, como yo imagino que debe de doler.

domingo, 8 de octubre de 2017

Tiempo de compartir

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En un principio, pretendía hacerme pasar por una embarazada normal y no dar la noticia de mi embarazo hasta la semana doce, como se suele decir, "por precaución". Pero lo cierto es que la fecha llegó y pasó y yo seguía sintiendo el mismo vértigo ante la posibilidad de anunciarlo, el mismo miedo paralizante que había sentido al contarlo en cualquier otra semana anterior. Así que el plan de fingirse normal y gritarlo a los cuatro vientos una vez superada la ecografía no fue posible. 

Lo que me hizo espabilar (y comprender que los miedos naturales de abortadora recurrente se me estaban quedando enquistados) fue el obvio, evidente e insoslayable crecimiento de mi tripa. Acostumbrada a vivir mis embarazos en la clandestinidad, el hecho de que este amenazara con anunciarse solo acabó con todo el margen de maniobra del que pretendía disfrutar. ¡Los embarazos no pueden ocultarse para siempre! ¡Tenía que empezar a decirlo!

Y empecé. Y cada vez que lo hacía (cada vez que lo hago, de hecho) sentía que estaba firmando una sentencia de muerte. El terror y la tristeza se apoderaban de mi mirada y, más que anunciar la llegada de una nueva vida, parecía que estaba dándome el pésame a mí misma. Este suplicio, afortunadamente, ha sido solo una parte del proceso. Porque enseguida aparecía la alegría incontenible de quien recibía la noticia para rescatarme cuando más lo necesitaba. 

No siempre era la primera emoción que surgía: también ha habido mucha sorpresa, disfrazada a veces de incredulidad. No han sido ni una ni dos las personas que han tardado en reaccionar, soltando alguna frase de compromiso mientras su mirada se perdía en el horizonte de las cábalas. Pero, al final, siempre ha llegado la sonrisa, el abrazo, los aspavientos contenidos, incluso el llanto. 

Yo no sabía que dar la noticia de un embarazo podía ser así (¡cómo iba a saberlo!). Parece como si hubiera encontrado las palabras mágicas que abren las compuertas del cariño y todo el amor, el consuelo, la confianza, el reconocimiento que durante mucho tiempo no he recibido o que mis interlocutores no han terminado de saber expresar, ha escapado para arroparme y hacerme sentir que, esta vez sí, la Vida me sonríe sin dobleces. Resulta abrumador y extraño a un tiempo, pero también me está ayudando a reconciliarme con mi experiencia.

Poco a poco me voy dejando embargar por una calma desconocida: la tranquilidad de saber que nuestro bebé será muy bien recibido, que se sentirá colmado de besos y abrazos y juegos y cuidados. Ya no somos solo nosotras quienes soñamos con su llegada, quienes planeamos amarlo y cuidarlo, quienes deseamos conocerlo y estar con él. Son muchas más las personas que también lo esperan, que ya le han hecho un hueco en su vida y en sus planes, contando con su presencia para dentro de unos pocos meses.

Y a veces siento que, solo por eso, solo por esa inmensa red de brazos que esperan para acunarlo, este bebé sabrá recorrer el camino que le falta, podrá resistirse a las trampas de mi cuerpo... y nacerá.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Diabetes gestacional

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Nota mental: entregarme sin tardanza a los juegos de azar, 
porque está visto que ME TOCA TODO.

Que tenía bastantes boletos para la diabetes gestacional ya lo sabía, porque sufrir SOP ya implica una alteración en el metabolismo de la glucosa. Así que, cuando la matrona me avisó de que me iba a programar el famoso test O'Sullivan para el primer trimestre, después de haberle explicado que tomaba metformina y el motivo por el que lo hacía, me sentí aliviada y reconocida a un tiempo. Aunque fuera por parte de la misma matrona que, cinco minutos antes, me había aconsejado que me atiborrara de bollos porque necesitaba engordar muchos kilos.

El día de la prueba, que coincidió con el análisis del primer trimestre, la enfermera que supervisó cómo me tomaba el dichoso mejunje me bajó de la nube de un guantazo: "Sabes que tienes que hacerte la curva, ¿verdad? Hay varios motivos para mandarla en el primer trimestre... Tú... ¿cuántos años tenías?". La pregunta me humilló profundamente. No porque el protocolo a partir de los treinta y cinco sea hacer la curva antes, que me parece estupendo; sino porque yo creía que la matrona era sensible al SOP y a sus estragos, y resultó que no lo era.

Nota mental: los sanitarios sensibles al SOP y a sus estragos 
NO EXISTEN.

Al principio, llevé la prueba muy bien. Me dieron a elegir sabor y yo escogí el de limón. Estaba fresquito y rico y me lo bebí en un par de tragos. Luego volví a sentarme en la sala de espera, más contenta que unas castañuelas (y más inocente que el asa de un cubo).

A los diez minutos, claro, la cosa empezó a ponerse fea. Me entró una taquicardia que pensé que no lo contaba y unas ganas de vomitar el limoncito rico que casi no lo cuento. Lo peor fue que me pilló completamente de improviso, pues no me imaginaba que pudiera ocurrir de ese modo. Yo pensaba (¡ingenua de mí!) que el mejunje te daba asco al primer sorbo o no te daba; sobre otros efectos secundarios tipo taquicardia no había oído hablar en mi vida. Pero resulta que estas cosas pasan, tal y como pude comprobar en mis propias carnes.

A la media hora, afortunadamente, me recuperé, sin vómitos ni colapsos cardiacos de por medio. Esperamos al segundo pinchazo, desayuné tostadas con tomate y café con leche, y nos marchamos a casa. Ya en casa, pasadas tres horas de la ingesta del veneno (que otro nombre no merece el puto limón), otra vez jarana: una hipoglucemia a la altura de la hiperglucemia que me había provocado una taquicardia. Mareos, sudores fríos, temblores, atiborre de galletas repletas de azúcar (más veneno para el veneno) y una siesta-desmayo de la que pensé que no me despertaba.

Nos dieron los resultados el mismo día de la ecografía de las doce semanas. Y resultó que la curva había salido alterada: los 73 mg. de glucosa en ayunas se transformaron en 249 una hora después del envenenamiento consentido. Porque yo no soy de las que supera ligeramente el límite, no: ¡yo me quedé bien a gusto! Poca taquicardia me dio para la potencia letal que adquiere la glucosa en mi organismo...

—Hay que hacerte la curva larga —me dijo la ginecóloga, que había adornado el resultado con tres signos de admiración—. Aunque con estos valores... te volverá a salir alterada.

En aquel momento, lo de alterada o no alterada me daba bastante igual. Lo que realmente me acojonaba era tener que volver a enfrentarme al mejunje asesino. Si 50 g. de glucosa me habían puesto al borde del colapso, ¿qué no harían 100 g. ...?

Todavía en la semana doce, volvimos a la carga. Pedí otra vez el sabor limón, pero intenté tomármelo más despacio. Me sentía como Sócrates frente a la cicuta, pero sin un ápice de dignidad. La enfermera que me tocó, sin embargo, no se anduvo con chiquitas, y me metió toda la prisa que pudo, reloj en mano. Yo le expliqué que estaba asustada porque en la curva corta me había dado una taquicardia. Ella lo consultó con otra enfermera y me hicieron una prueba de glucosa "exprés" pinchándome en el dedo. El valor saldría bajo (mis glucemias en ayunas siempre son bajas), porque cuchichearon algo así como "Está bien" y me azuzaron para que terminara.

En cuanto me senté en la sala de espera, me puse a hacer respiraciones para intentar controlar la taquicardia. Y la verdad es que, entre que ya no me pillaba de sorpresa y que parecía que iba a dar a luz allí mismo, no lo pasé tan mal como la vez anterior. Eso no quiere decir, claro, que no notara mis venas palpitando como si se fueran a salir del brazo durante la media hora que me pasé apretándome el pinchazo (porque cortar el sangrado cuando llevas adiro es una odisea aparte).

Lo mejor llegó cuando, en pleno fragor de la batalla, se me sienta al lado un hombre que no olía precisamente a rosas. Semana doce, 100 g. de glucosa deseosos de escapar de mi estómago, una mano inutilizada y la otra ocupada en cortar el chorro de sangre que brotaba de mi brazo. Apoteósico.

Nota mental: si algo MÁS puede salir mal, SALDRÁ MAL, ¡seguro!

Finalmente, los hados debieron apiadarse de mi alma y logré aguantar el hedor sin vomitarme encima, hasta que el hombre se marchó adonde quiera que fuera. Segundo pinchazo, tercer pinchazo y cuarto pinchazo. Las enfermeras alucinaban porque no se me habían quedado moratones, pero yo ya estaba muy cansada de la vida para explicarles lo del adiro y la media hora apretando.

Lo que sí compartí con ellas fueron mis miedos a la hipoglucemia que se me venía encima. "Eso te pasaría porque la otra vez te irías sin desayunar". Claro. Embarazada, doblemente sangrada y en ayunas, y me voy a ir sin desayunar. Al final tuve que arreglar el asunto como buenamente supe, para variar, y me desayuné un café con todo el azucarillo (algo que hacía AÑOS que no probaba) y un cruasán hasta arriba de mermelada: una muerte dulce en toda regla. El caso es que funcionó, no solo para evitar la temida hipoglucemia, sino como grandiosa despedida del mundo azucarado. Porque sí, la curva larga también me salió alterada: 74-316-271-71. 

Diabética perdida, vaya.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Se van las náuseas

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A medida que avanzamos por el segundo trimestre, se va afianzando un síntoma clásico del embarazo: la desaparición de las náuseas.

Reconozco que no daba un duro por ello. Tengo alguna amiga con SOP que ha sufrido náuseas hasta el tercer trimestre, aun estando permanentemente medicada, y me imaginaba que a mí también me tocaría algo parecido. Pero no: cumpliendo un calendario de libro, según hemos ido dejando atrás la semana doce, también se han ido disipando las náuseas.

Ahora mismo solo me queda una especie de "naúseas nerviosas": cuando me tengo que enfrentar a alguna prueba (ya sea médica o "vital", como dar la noticia de mi embarazo), vuelvo a sufrirlas durante horas. Pero tengo claro que están ligadas a un estado emocional alterado, y no a la alteración hormonal a la que, contra todo pronóstico, mi cuerpo parece haberse acostumbrado.

Y es curioso. Porque, aunque las náuseas son un síntoma de embarazo desagradable, cuando miro hacia atrás y recuerdo la "aventura" que hemos vivido juntas, me invade una fuerte sensación de nostalgia.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La tripa crece (semanas 9 a 12)

En este embarazo, como en los anteriores, he tenido mucha tripa desde el principio. Su origen no está, evidentemente, en el tamaño de los embriones, sino en el Síndrome de Hiperestimulación Ovárica (SHO) que sufro. Esta reacción de mi cuerpo ante la hormona del embarazo (HCG) hace que, durante toda la betaespera y la mayor parte del primer trimestre de embarazo, me vaya a la cama cada día con una tripa de unos cuatro o cinco meses.

En esta ocasión pasé la primera mitad de la betaespera, cuando mi cuerpo se encuentra bajo los efectos de la HCG sintética que lleva la inyección rompefolis, con una hinchazón moderada, que apenas me molestaba hasta la noche. La verdad es que, antes del tratamiento, estuve leyendo muchísimo sobre cómo minimizar el SHO, puesto que una de sus consecuencias es elevar la coagulación sanguínea, que es lo que me faltaba para hacer un pleno al quince. Así que, nada más pincharme la HCG, me puse manos a la obra con mi plan de choque, que incluía un par de tés rojos al día (el mejor diurético que conozco), bebidas isotónicas sin azúcar (este detalle es importante cuando se tiene SOP) como fuente de hidratación principal y una dieta rica en proteínas. 

Cualquiera que me lea pensará: "¿Pero no hacías eso en los otros tratamientos? ¿No es eso lo que hace todo el mundo?". Y yo tendré que confesar que no, que desde la segunda FIV mandé las bebidas isotónicas a freír monas y me pasé todas las precauciones contra el SHO por el arco del triunfo. Porque me parecían supercherías que ya no soportaba, porque no creía que tuvieran nada que ver con que los embriones se implantaran o se dejaran de implantar y porque, bueno, el SHO convierte tu cuerpo en un test de embarazo con patas. Y, para un privilegio que me otorgan mis achaques, quería disfrutarlo. 

Esta vez, sin embargo, cuando leyendo sobre trombofilias me encontré con el SHO como un agravante que, por sí mismo, ya recomendaba la administración de heparina... se me quitó la tontería. Así que volví a convertirme en una betaesperante responsable y puse todo de mi parte para no terminar de fastidiar una situación que ya estaba bastante fastidiada. Afortunadamente, puedo asegurar que mi plan de choque fue efectivo, pues, como digo, durante la primera mitad de la betaespera apenas me hinché. Aunque creo que haber tenido la coagulación más controlada gracias al combo adiro+heparina seguramente tuvo que algo que ver.

A pesar de mis precauciones, dos días después de la transferencia... ¡baboom! Mi tripa volvió a hincharse desde primera hora de la tarde y yo empecé a sospechar que dentro de mi cuerpo había una nueva fuente de HCG haciendo de las suyas. Tengo que decir que la hinchazón que provoca el SHO es muy característica, pues se nota especialmente a la altura del estómago, no en la parte baja del abdomen; casi casi parece que tienes la tripa al revés. Además, se pone bastante dura, con la piel tirante, y es molesta. Con esto quiero decir que se trata de una hinchazón muy diferente a la que provoca la progesterona, siempre en la parte baja del abdomen y muy similar al síndrome premenstrual. 

Y sí, tener señales de tu embarazo dos días después de la transferencia, mucho antes de que cualquier test pueda darte positivo, es una pasada (y me convierte en una persona odiosa, lo sé). Por eso estaba tan enganchada al SHO en las tres betaesperas anteriores que no quería minimizarlo, sino todo lo contrario. Y por eso la última betaespera fue tan tranquila: todavía no sabía cómo iba a desarrollarse el embarazo, pero tenía la confianza de que había empezado bien.

El caso es que, después del positivo y a medida que el embarazo avanzaba, empecé a pensar en hacerme las típicas fotos que muestran cómo crece la tripa semana a semana. El problema es que captar la tripa de embarazo sin las interferencias del SHO era muy complicado porque, según aumentaba la HCG, me iba hinchando durante más tiempo cada día, empezando tras el desayuno y llegando incluso a levantarme hinchada por la mañana. 

Al final, encontré una "ventana" de no-hinchazón justo después del pinchazo mañanero de heparina  (que relaja bastante la tripa) y el desayuno. Así fue cómo, con Alma todavía restregándose las legañas y yo a medio peinar, empezamos a hacer las fotos que documentan cómo crece nuestro pequeño "por fuera".

Aquí van las cuatro primeras :)

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