domingo, 3 de diciembre de 2017

La segunda visita a la matrona

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Estando de diecisiete semanas, acudimos a nuestra segunda consulta con la matrona: la última cita de las programadas en la "rueda" del primer trimestre, a pesar de que ya lleváramos un tiempo transitando el segundo.

Si la primera vez alucinamos pepinillos con sus consejos sobre "comer muchos bollos" para coger todos esos kilos que debía ganar, esta vez hemos aterrizado de lleno en el territorio de lo inenarrable; a pesar de lo cual, voy a hacer un esfuerzo para explicar lo que pasó.

En primer lugar, me pesó y me volvió a repetir que tenía mucho que engordar. De verdad que, a estas alturas, empiezo a estar hasta el mismísimo sobre estas "charlas" acerca de mi peso. No solo por el malestar que personalmente me causan, sino porque creo que se trata de una irresponsabilidad por parte de los profesionales sanitarios. ¿Acaso no son conscientes de lo vulnerables que somos las mujeres a desarrollar enfermedades como la anorexia y la bulimia? ¿Qué les hace pensar que, en este sentido, el embarazo es un periodo diferente de nuestra vida? ¿No se dan cuenta de que se trata, incluso, de un momento vital en que nuestra vulnerabilidad aumenta? Entonces, ¿a qué viene ese machaque continuo sobre nuestro peso?

En fin.

Esta vez aguanté el chaparrón como pude, confiando en que, cuando le enseñara a la señora los resultados de mis dos curvas de glucosa, se comería todas sus palabras. Pero no lo hizo. Es más: le dio exactamente igual estar recomendando a una mujer con diabetes gestacional que se cebara. Simplemente, cambió de tema, como si una cosa no tuviera que ver con la otra.

Mientras ella farfullaba sobre la diabetes tan horrible que padezco, yo, haciendo acopio de unas fuerzas que hoy sería incapaz de encontrarme, le comenté que existía la posibilidad de que las pruebas me hubieran sentado especialmente mal debido a mi SOP, pero que esos niveles no se correspondieran con el funcionamiento normal de mi páncreas.

–Jo, jo, jo... ¡No! ¡No! Con estas curvas no cabe duda de que tengas diabetes. Jo, jo, jo... El funcionamiento normal de tu páncreas... Tienes diabetes, dia-be-tes...

Alevosamente (insisto: hoy no me habría molestado ni en dirigirle la palabra), le dejé el cuadrante de mis glucemias encima de la mesa.

–Huy, huy... ¡pero si esto está bajísimo! Huy, ¡no, no, no! Tú debes de ser de esas personas a las que la curva de glucosa les da un falso positivo.

Por si acaso, quiero aclarar que yo no creo que mis curvas de glucosa sean una tontería, yo creo que son la prueba de algo muy serio: simplemente me cuestiono si ese "algo muy serio" es diabetes o, mejor dicho, si es "solo" diabetes. En cualquier caso, los bandazos en la opinión de esta señora me dejaron patidifusa.

Afortunadamente, después llegó el momento más dulce de la consulta, por el que todas las estupideces que tuvimos que aguantar pasaron a un segundo plano: el momento de escuchar el latido de nuestra pequeña.

Cuando lo cuento, la gente me pregunta si es que no lo había escuchado antes, ya que su recuerdo me emociona profundamente. Y sí, por supuesto, lo había escuchado ya cuatro veces, e incluso lo había visto parpadear en la pantalla del ecógrafo una quinta más. Pero, para mí, sigue siendo un milagro, una experiencia emocionante donde las haya. Más aún cuando, en ausencia de imágenes, todos mis sentidos se embargaron con él.

La matrona tenía una enfermera en prácticas (con quien me encantaría tomarme un café y comentar las mejores jugadas de su "maestra") que estuvo hurgando en mi barriga con el micrófono. Encontró el latido del cordón umbilical muy rápido, pero el del corazón le costó un poco más. No me importó: de hecho, añadió más emoción todavía a la experiencia. Cuando por fin logró captarlo, nos envolvió un sonido contundente: el galope perfecto de una yegua salvaje. A mí se me saltaron las lágrimas y me invadió una profunda emoción.

–Es una niña, ¿verdad? –dijo la matrona, por una vez, asistida por la profesionalidad. 

Y es que, al parecer, los corazones de las niñas se escuchan más alto y más fuerte que los de los niños, por lo que, solo con oírlos, se puede llegar a conocer el sexo del feto.

Todavía henchida de orgullo por la fuerza de nuestra pequeña, me volví a sentar en la silla para asistir al momento más surrealista de toda la consulta:

–¿Vais a querer ir a las clases preparto?
–Sí, por supuesto –respondimos al unísono.
–Bueno, os lo pregunto porque hay mucha gente... De hecho, ya están casi llenas...

La señora empezó a meterse en un jardín extraño del que solo pudimos deducir que trataba de disuadirnos de ir a aquellas clases.

–Si venís, os tengo que advertir de que seguramente os sintáis mal. Porque yo llevo ya muchos años dando las mismas clases, me las sé de memoria, y en ellas me dirijo a parejas.

Yo, con el trote veloz de mi hija todavía palpitándome en el oído, no llegué a entender qué quería decir. Pero Alma fue más avispada:

–¿Te refieres a parejas heterosexuales?

La señora continuó adentrándose en el jardín.

–Es que llevo tantos años dando estas clases... Y hago mucho hincapié en el padre, nombro continuamente al padre... Y vosotras os sentiréis mal. Ya me pasó con unas chicas hace unos años: que vinieron a la primera clase y ya no volvieron.

Alma enmudeció, roja de ira. Yo me debatía entre echarme a reír a carcajadas o montar en cólera. Al final, opté por tomármelo de la mejor manera posible (seguramente, debido al chute de endorfinas que acababa de recibir) y le dije que, mientras una de cada cuatro veces que fuera a nombrar al padre lo sustituyera por "pareja", nos daríamos por satisfechas. Que con que recordara que estábamos ahí, era suficiente.

Cuando salimos, claro, dijimos muchas cosas más. Alma sacó toda la indignación que llevaba dentro, mientras yo seguía sin saber cómo valorar lo que acababa de ocurrir. ¿Cómo te tomas que alguien te advierta amablemente de que piensa comportarse de manera homófoba en tu presencia? ¿Es un detalle la advertencia? ¿Es menos homófobo un comportamiento cuya inconveniencia se conoce pero no se cuestiona?

Y, sobre todo, ¿por qué la ausencia de aquella pareja lesbiana después de la primera clase no ha provocado ningún cambio positivo en esta señora? Si ella cree que no volvieron por su actitud discriminadora, ¿cómo es que no ha intentado mejorar desde entonces? ¿Por qué no aprovecha la oportunidad de redención que le ofrecemos? Aunque, para mí, lo más obvio y peor es que ni siquiera haya contemplado que el motivo por el cual no volvieron fuera otro, como que su clase les pareciera una puñetera basura...

Ya queda poco para empezar el dichoso curso de preparación al parto, y las perspectivas no pueden ser peores. Me gustaría poder aprender y ganar confianza con la clases, sin tener que estar alerta para defendernos del ninguneo al que esta mujer ya nos ha advertido que nos someterá. Pero no doy un duro por la calidad de los contenidos, habida cuenta de que esta señora es consciente de llevar veinte años dando las mismas charlas sin ninguna intención de actualizarse.

¿Atravesaremos nosotras la barrera de la primera clase...?

domingo, 26 de noviembre de 2017

La tripa crece (semanas 17 a 20)

Ya antes de vivir este embarazo, me agobiaba la perspectiva de que mi cuerpo, inmerso en semejante proceso, se volviera "público". Con esto me refiero a esa transformación por la cual el cuerpo de una mujer embarazada deja de pertenecer por completo a dicha mujer para convertirse en una especie de "res publica" sobre la que quienes la rodean creen haber adquirido algunos derechos. 

Particularmente, me desagradaba la idea de que la gente acariciara mi tripa, como había visto hacer con otras mujeres embarazadas. Me preguntaba por qué nos sentimos legitimados a tocar el cuerpo de una mujer mientras alberga otra vida en su interior, cuando la misma acción no tendría cabida en otra situación, sino que sería interpretada como una invasión de la intimidad, cuando no directamente una agresión sexual.

El caso es que, mientras mi tripa ha sido catalogada como "cervecera", nadie se ha interesado por acariciarla; pero, a medida que ha ido creciendo, ha empezado a despertar el interés que yo tanto temía. Y eso es algo que ha ocurrido una vez que he sobrepasado el umbral de las dieciséis semanas:


Al contrario de lo que yo pronosticaba, sin embargo, no me ha resultado horroroso que la gente desee tocar mi tripa. Y es que, poco a poco, la he ido "reconceptualizando" como un espacio que no es del todo mío, sino compartido con mi hija. Es algo que ha ocurrido de manera natural: simplemente, he dejado de sentir mi barriga como parte de mi cuerpo para entenderla como una mera consecuencia de la presencia de otra vida en su interior. 

Cuando las personas que me rodean (y me rodean muchas personas, no solo familiares y amigos, sino también compañeros de trabajo y alumnos) me han pedido permiso para acariciarme (y la mayor parte de las veces ha ocurrido así), yo he entendido que era a mi hija a quien querían acariciar, algo que me ha parecido hermoso y que, incluso, me ha llenado de ilusión y alegría. 

También he entendido, esta vez desde el otro lado, esa fascinación que yo misma había sentido hacia las tripas de embarazadas (aunque siempre hubiera reprimido mi deseo de tocarlas por respeto), y me ha parecido estupendo que muchas personas saciaran su curiosidad o su necesidad de compartir el milagro a través de mi cuerpo. De hecho, la mayoría de quienes se han acercado a mi barriga con intenciones táctiles han sido mujeres que, a su vez, ya habían estado embarazadas, y solo querían recordar la sensación de albergar en su vientre a sus propios hijos. 

No creo que haya en ello nada de malo, sino todo lo contrario: mientras nos sigamos emocionando ante el milagro de la vida, mientras lo sigamos viendo como algo digno de admiración, podremos conservar la esperanza de llegar a ser, como Humanidad, la mejor versión de nosotros mismos.

Sin embargo, aunque esta parte que yo tanto temía no ha terminado siendo la parte desagradable del asunto, sí que he comprobado con horror lo que significa, en otros aspectos, que tu cuerpo se vuelva "público".

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Qué significa ser diabética?

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Hace unos días tuve mi última consulta con la endocrina. Según sus propias palabras, tanto mis glucemias como el aumento de peso son "perfectos", propios de una mujer que no tuviera diabetes. "Pero la prueba de la glucosa te salió mal, así que eres diabética". Durante el resto del embarazo, me controlarán las enfermeras y, tres meses después de dar a luz, tendré que repetirme la dichosa prueba para que "nos aseguremos" de que todo ha regresado a la normalidad.

Cuando se lo conté a Alma, ella dio voz a los pensamientos que invadieron mi mente al saber que la "normalidad" implicaba una prueba de glucosa "normal":

–Pero... ¡te va a volver a salir mal! ¡Te van a decir que eres diabética!

Como ya expliqué en su momento, mis pruebas de glucosa salieron MAL con mayúsculas. Yo no soy de las que se pasaron "por poco" de los límites: yo reventé el concepto mismo de límite; por lo que estoy absolutamente segura de que no se trata solo del embarazo, sino del funcionamiento de mi páncreas en general. Así me lo hizo saber también una de las enfermeras de Endocrinología: mi páncreas no tolera la entrada masiva de glucosa en mi organismo, ni durante el embarazo, ni fuera de él. Así que me estoy haciendo a la idea de que pronto obtendré la etiqueta de diábética, sin apellidos.

Pero, ¿qué significa ser diabética? Después de recibir el diagnóstico, cuando empecé a recuperarme del golpe y me volvieron las fuerzas, estuve investigando un poco sobre el Test O'Sullivan. Y lo que encontré me gustó bastante. Porque resulta que no somos solo las embarazadas a quienes nos sienta mal esta prueba las que tenemos una perspectiva crítica sobre ella, sino que dicha perspectiva también existe entre los profesionales de la salud. 

Una de las críticas que se le hacen a este test es el hecho de que se diagnostique una enfermedad basándose en un escenario creado de manera artificial que apenas tiene correspondencia con la vida real. Es decir, que nuestro páncreas nunca se va a tener que enfrentar a la ingesta masiva de glucosa tras un ayuno prolongado, puesto que no comemos así. De hecho, existen alternativas a la prueba, como hacerla tras un desayuno copioso que contenga diferentes grupos de alimentos; o también monitorizar las glucemias durante el periodo de tiempo que se estime oportuno. Es verdad que estas alternativas no permiten estandarizar los resultados, ya que no se controla la cantidad exacta de glucosa que se ingiere. Pero sí que demuestran, sobre todo en el segundo caso, cuál es el funcionamiento real del páncreas.

En este sentido, yo me pregunto cuál habría sido mi diagnóstico si viviera en un país donde, por ejemplo, se monitorizaran las glucemias en vez de realizar el Test O'Sullivan. Por pura curiosidad, he hecho las medias de mis glucemias desde que las mido dos veces por semana, y los resultados son los siguientes:

Haz clic en la imagen para ampliarla.

Además, de todas las glucemias, un 35% está por debajo de 70 (es decir, que son hipoglucemias), mientras que solo un 2,5% se encuentra por encima de 95 (el máximo antes de las comidas) o 120 (el máximo después de las comidas, que sube a 140 tras la cena, porque las mido una hora después para poder acostarme temprano).

Por supuesto, estas glucemias se enmarcan dentro de una dieta en la que no se incluye nada de azúcar y los hidratos de carbono complejos están repartidos a lo largo del día (no diré restringidos, porque solo lo están en apariencia: en cada comida no puedes pasarte de una cantidad determinada, pero si sumas todos los del día, resulta un auténtico atiborre). No obstante, se trata de una contexto más que suficiente para que mi páncreas se comporte como si no tuviera ningún problema; si bien es verdad que, en las contadas ocasiones en que me ha desviado mucho de la dieta, lo he notado (definitivamente, ponerse hasta las cejas de judías pintas con arroz no es una opción).

En cualquier caso, aunque considere que el dichoso O'Sullivan es más un atentado contra la salud que una prueba fiable, y aunque mis glucemias no se parezcan en nada a las de una persona diabética, no cuestiono la realidad: la mayor parte de las embarazadas salen airosas de esta prueba y a mí casi me revienta por dentro. Mi páncreas no tiene un funcionamiento normal y yo soy consciente de ello: como he dicho en otras ocasiones, por eso tengo SOP; de lo contrario, no lo tendría.

Por tanto, si ser diabética significa esto, que mi páncreas no soporta el azúcar y que debo eliminarlo de mi dieta, a la vez que equilibro la ingesta de hidratos de carbono... pues tampoco es ninguna novedad. Nunca lo había visto en cifras, pero los estragos que provoca en mi cuerpo los tenía yo medidos de otras maneras. Por ejemplo, una vez estuve en una comida campestre y me pimplé yo sola una botella de refresco. Bueno, pues al día siguiente me levanté con la cara arrasada de granos. También en este embarazo, cuando empecé a tomarme las cuatro galletitas maría de la merienda, sufrí un brote de acné que me traía por la calle de la amargura. Fue sustituirlas por galletas sin azúcar y disfrutar de una cutis por el que habría matado durante los últimos doce años. Así que no, sorpresa ninguna.

De hecho, si ser diabética oficial me da la fuerza que a veces me falta para resistirme a algunos dulces e implica un mejor cuidado de mi salud en todos los sentidos... pues bienvenido sea. No es que me haga una ilusión particular tener que ir a revisiones o controles frecuentes (aunque tampoco sé muy bien cómo va), pero ir rebotando de Ginecología a Dermatología durante más de una década, sin diagnóstico y sin solución a mis problemas, tampoco era ninguna bicoca. 

Tal y como comentamos muchas veces la enfermera de Endrocrinología y yo, la dieta que sigo es una dieta saludable, sin restricciones importantes (más bien con racionalizaciones importantes), de la que la mayor parte de la población se beneficiaría. Porque el azúcar no es bueno, no solo jode el páncreas, aunque este es un tema que daría para otras entradas. En ese contexto, además, no necesitaría otros cuidados médicos: ya me dijo la endocrina que ni siquiera me recomendaba la metformina para mi vida cotidiana, aunque si quería volver a quedarme embarazada, no le parecía mal que la utilizara para mejorar mis posibilidades.

Lo que me molesta de esta situación, con lo que no termino de estar de acuerdo, es el hecho de que se me diagnostique de diabetes en vez de explicar mi cuadro a partir del SOP. Porque eso implica, de nuevo, volver a infravalorar ese diagnóstico y la propia enfermedad, seguir obviando sus consecuencias y dejar sin tratamiento muchos de los síntomas que conlleva. 

Mientras los médicos sigan considerando que el SOP es una enfermedad de gordas histéricas sin apenas consecuencias, las mujeres que lo sufrimos seguiremos viendo cómo nuestra calidad de vida disminuye y acaba derivando en enfermedades "serias" que podrían haberse evitado. La infertilidad, el sobrepeso, el acné, la alopecia y la depresión (que a mí me parece una consecuencia obvia de lo anterior) se seguirán valorando como achaques independientes sin ninguna gravedad, y cuando la falta de cuidados nos produzca diabetes de la chunga o problemas cardiovasculares, los médicos seguirán sin ver el cuadro completo y sin ofrecernos, por tanto, el tratamiento interdisciplinar que requerimos.

Así que lo que me importa ahora no es que me diagnostiquen o no de diabetes, sino saberme obligada a continuar, quién sabe durante cuánto tiempo, la desoladora batalla por el SOP.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Su primer juguete

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Mi prima Oli ha sido la encargada de regalarle a nuestra pequeña su primer juguete. Se trata de un peluche que representa uno de sus animales preferidos. Tiene el pelo de colores variados, porque sabe que odiamos la pareja rosa/azul. Me hizo mucha ilusión cuando me lo dio, pero la ilusión se transformó en una emoción más profunda cuando me explicó su historia:

–Lo compré hace un año, cuando estuve en el Museo.
–...
–...
–¿Hace UN AÑO?
–Sí.
–¿Y llevas guardándolo todo este tiempo?
–¡Claro! Sabía que, antes o después, tendría la oportunidad de regalártelo.

Mi prima Oli fue también la encargada de regalarle su primera camiseta, hace más de tres años, cuando todavía estábamos inmersas en la segunda inseminación artificial. Paseábamos por un centro comercial, la vio, le gustó, la compró y me la regaló.

–Le voy a comprar esta camiseta a tu bebé.
–Pero si todavía no hay bebé...
–Da igual, pero lo habrá.
–Pero puede tardar mucho tiempo...
–No importa, porque llegará.

Han sido tantas las veces en que me he sentido absolutamente sola durante este proceso, tantísimas las ocasiones en que he pensado que solo yo sostenía la esperanza de que podía salir bien, que comprobar que otras personas también lo creían, que durante todo este tiempo no he sido la única que ha mantenido la ilusión, que ha esperado con ganas la llegada de nuestra pequeña, que la ha preparado incluso... es algo que me reconcilia con mi propia experiencia, que me devuelve la autoestima, la confianza en mi toma de decisiones, que me recuerda que no había perdido la perspectiva, sino que me estaba enfrentando a una carrera de obstáculos tan grandes que no me permitían siquiera atisbar el horizonte.

–Tengo más cosas, ya te las iré dando.
–¡Pero, tía...!
–¿Qué?
–¿Has estado comprando cosas todo este tiempo?
–¡Claro! Cosa que me gustaba, cosa que compraba...

Es lo que tienen los caminos largos: que da tiempo a hacer muchas compras :)

jueves, 2 de noviembre de 2017

Pilates para embarazadas

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Empecé a practicar pilates hace cinco años. Mi psicóloga de entonces me había recomendado realizar algún deporte para que me ayudara en el proceso de dejar los antidepresivos. Ella opinaba que debía escoger una actividad que comportara un desgaste físico elevado, como spinning o kick-boxing, ya que así podría desfogar a gusto mi ansiedad y chutarme endorfinas a cascoporro.

Todavía recuerdo cómo la miré cuando me dijo aquello. ¿Spinning? ¿Kick-boxing? ¿Es que no se había dado cuenta de lo esmirriado de mi constitución, de mi nula motivación hacia cualquier forma de competición o violencia, de mi espíritu ávido de actividades culturales tranquilas y armoniosas? Le dije que me lo pensaría, aunque sabía que no había nada que pensar. Así que, en la siguiente cita, puse sobre la mesa las dos únicas opciones con las que estaba dispuesta a transigir: o yoga o pilates.

Ella insistía en que ese tipo de deportes no era suficiente para enfrentarme a los tsunamis de rabia, frustración y ansiedad que cada cierto tiempo me arrasaban. Y hoy estoy segura de que tenía razón, no solo por los tsunamis que ya habían llegado, sino por los que iban a llegar. Sin embargo, ya entonces supe ver que, en ocasiones, es preferible asumir una solución imperfecta pero factible, que optar por la solución perfecta cuando sabemos, de antemano, que no vamos a ser capaces de llevarla a cabo.

Así fue como empecé las clases de pilates, por pura y dura salud mental. De hecho, durante los primeros meses mi cuerpo no hizo más que resentirse, después de haber pasado más de una década sin apenas realizar ninguna actividad que mereciese el título de deportiva (¡ah, los felices años veinte!). Como mi prioridad número uno era salir airosa de la depresión que atravesaba, me lo tomé muy en serio desde el principio, y pronto se convirtió, casi casi, en una religión: nunca faltaba a clase, me esforzaba al máximo en cada ejercicio y predicaba hasta la saciedad las virtudes del método entre quienes me rodeaban.

Desde el primer momento, además, las clases de pilates resultaron un revulsivo para mi consciente, recordándome cuál había sido el detonante de mi depresión y en qué debía centrar mis fuerzas ahora que estaba consiguiendo superarla. Y es que, sin importar qué días o a qué horas acudiera al gimnasio, parecía que siempre había una clase de pilates para embarazadas, antes o después. Veía salir sus barrigas cuando llegaba, o me las encontraba esperando a la salida. De vez en cuando, alguna compañera nos sorprendía con la noticia de que ella también estaba embarazada; incluso una de mis profesoras acabó por unirse al club de las barriguitas.

Al principio, me resultaba motivador. Sentía como si la Vida estuviera colocando señales luminosas en mi camino para que no me perdiera. Más tarde, cuando la maternidad se convirtió en un motivo de conflicto entre Alma y yo, empecé a sentirme incómoda. Eso era lo que yo quería, ¿por qué estaba siendo tan difícil tener siquiera la opción de conseguirlo? Las clases de pilates, no obstante, me sostuvieron también durante nuestra ruptura, ayudándome a que mi rutina no se desintegrara por completo, a pesar de que hubo algunos días en que seguir yendo me costó alguna que otra lagrimilla.

Pero, sin duda, el momento en que el pilates y mi camino hacia la maternidad se enredaron para siempre fue cuando empezaron los tratamientos. A lo largo de todos estos años, prácticamente han sido el único motivo por el que he faltado a clase: durante las betaesperas, por el miedo a que un mal movimiento diera al traste con la implantación; en las estimulaciones, a causa del dolor que me provocaban los ovarios repletos de folículos; tras el primer y el tercer aborto, debido a mi insoslayable necesidad de descanso físico y emocional.

Sin embargo, el momento de retomar las clases, después de cada negativo, de cada aborto, simbolizaba para mí el regreso a la lucha, la firmeza de mi voluntad de seguir intentándolo, de mantener mi salud física y mental para no abandonar el camino. Por esto, por todo esto, que haya llegado el día en que yo también puedo practicar pilates para embarazadas es algo que, por encima de muchas otras cosas, me sabe a triunfo, me sabe a victoria.

domingo, 29 de octubre de 2017

La ecografía de las dieciséis semanas

Una de las pocas ventajas de que tu embarazo sea clasificado como "de riesgo" es que controlan su desarrollo con ecografías cada cuatro semanas. Así nos lo explicaron en la ecografía de las doce semanas y la verdad es que fue un gran alivio. No solo porque evitaríamos el abismo de enfrentarnos a varios meses sin poder comprobar el estado de nuestro pequeño, sino porque esa clasificación implica el reconocimiento de algunas de las patologías que padezco y, con ello, aunque sea de manera indirecta, de todo mi historial reproductivo.

En esta ocasión, y gracias al crecimiento de la tripa, fui a la ecografía muchísimo más tranquila. Si bien las dos noches previas a la cita me costó conciliar el sueño, envuelta como estaba en pesadillas de tripas que encogían y bebés que ya no estaban, y aunque el rato que pasamos en la sala de espera del hospital sentía el estómago como una piedra... no tuvo nada que ver con la agonía que sufrí en la ecografía de las doce semanas.

La prueba, además, transcurrió sin sobresaltos. En cuanto se encendió el ecógrafo, pudimos ver que a nuestro bebé le habían salido unas piernas enormes, con las que pateaba mi útero alegremente sin que yo notara nada. Fue fascinante, porque los bebés de doce semanas aún tienen unas piernas desproporcionadamente pequeñas en comparación con el resto del cuerpo; pero, a las dieciséis semanas, ya han adquirido un tamaño mucho más cercano al que tendrán finalmente. Así que yo no podía dejar de mirarle las piernas y pensar: "¡Madre mía! ¡Qué larguirucho!". 

Su cabecita de perfil.
La doctora aprovechó para tomar algunas medidas de las que suelen comprobarse en la ecografía de las veinte semanas (perímetro y diámetro de la cabeza, perímetro abdominal y longitud del fémur). Cada vez que realizaba una, en la pantalla aparecía a cuántas semanas y días correspondía, y la verdad es que la mayoría coincidían con el tiempo exacto del embarazo, lo cual me dejó muy tranquila. ¡Fue como ir rellenando los cuadros de un cartón de bingo!

También comprobó el estado de algunos órganos, como los riñones. Esta parte no me resultó tan agradable, porque se volvió a producir ese momento tan alienante en el que los sanitarios hablan de ti como si no estuvieras delante. "Riñones... mmm... bien". Mientras la doctora exploraba cada órgano, yo no podía evitar contener la respiración y preguntarme qué ocurriría si alguno de ellos estuviera mal. ¿Diría en alto algo así como "Riñones... mmm... atrofiados"? ¿O se callaría: "Riñones... ehhh... no pongas nada, luego te digo"? Sobre todo teniendo en cuenta que, a los pocos minutos, se supone que te van a explicar cómo está todo.

En cualquier caso, lo mejor de la ecografía vino al final, cuando la doctora nos preguntó si queríamos conocer el sexo. Sabíamos que existía la posibilidad de desvelar el misterio en esta prueba, pero no nos habíamos querido hacer excesivas ilusiones por si teníamos que dejarlo para más adelante. Al fin y al cabo, nuestra prioridad era comprobar que todo iba bien.

domingo, 15 de octubre de 2017

La tripa crece (semanas 13 a 16)

Cuando salí de la tercera ecografía y comprendí lo que significaba enfrentarme a un mes completo sin tener noticias de nuestro pequeño, me planteé la posibilidad de comprar un doppler fetal. Era algo que ya había barajado antes, porque lo consideraba el equivalente a los test de embarazo tempranos: una especie de salvavidas para aquellas mujeres que nos enfrentamos al embarazo después de una o varias pérdidas.

Este uso concreto, el que permite monitorizar el bienestar fetal, es muy polémico. Pero yo, como en el caso de los test de embarazo, lo defiendo: porque el bienestar de la mujer gestante también debe ser una prioridad, y porque el sufrimiento que acarrea la incertidumbre no es ninguna broma. Tampoco animo a que se escuche el corazón del bebé a diario, igual que no me parece sano hacerse un test de embarazo cada vez que se va al baño. Pero entre eso y pasar semanas y meses "a pelo", creo que existe un equilibrio que merece la pena encontrar. 

En mi caso, sin embargo, terminé por considerarlo innecesario. Porque lo que yo no sabía cuando salí de la tercera ecografía es que mi tripa estaba a punto de empezar a crecer, y que lo haría a un ritmo suficiente como para permitirme reconectar con mi cuerpo y aprender a disfrutar, poco a poco, de la buena marcha de este embarazo:


Tampoco fue un proceso que tuviera lugar de un día para otro. Al principio, cada vez que me fotografiaba, buscaba en Internet imágenes de otras tripas del mismo tiempo que la mía para compararlas. Supongo que se trata de una inseguridad propia de embarazada primeriza un tanto psicótica, que desconoce lo que es normal o anormal en cualquier embarazo, y, sobre todo, en su propio cuerpo. Porque ahora entiendo que esto de las "formas" y los "tamaños" tiene más que ver con tu propia constitución y la de tu bebé que con el desarrollo "adecuado" o "inadecuado" del embarazo. En esas semanas, sin embargo, todo era nuevo para mí y el asunto me ponía un poco nerviosa.

Por otra parte, no todo ha sido un camino de rosas. Entre las semanas quince y dieciséis, sufrí una pequeña gran "crisis de confianza", que empezó cuando, una mañana, me levanté con la tripa mucho más plana de lo normal. En las fotos se aprecia ligeramente que, sobre todo en las semanas catorce y quince, iba muy redondita. Y, de pronto, ¡pluf!, se aplanó. Al hacerme la foto de las dieciséis semanas y compararla con las anteriores, me entraron los siete males, porque me parecía que había encogido. Yo intentaba ser razonable conmigo misma y me decía que, aun en el peor de los casos, la tripa podía dejar de crecer, pero no encogerse. Sin embargo, toda la lógica del mundo no pudo evitarme algunos días de pánico que, por fortuna, eran justamente los que quedaban para la siguiente ecografía.

¿Y qué había pasado? ¡Pues que el pequeño se había movido! Al menos desde la semana doce tenía la cabecita apoyada en mi abdomen, lo que le daba esa forma redondeada. Pero a finales de la semana quince, se giró completamente, hundiendo su cabeza en la parte baja de mi útero y dejando los piececitos hacia arriba. Por lo que, en cierto sentido, mi tripa sí que había encogido, pero no lo había hecho el bebé, que continuaba creciendo, aunque fuera desde una postura distinta.

Entiendo que esta "crisis" también es propia de la primeriza que todavía ignora que, cuando un bebé cambia de postura, el tamaño de la tripa varía ;)

Alguna locurilla más hubo por el camino, como cuando me entró la neura de que no fuera mi bebé lo que estuviera aumentando de tamaño, sino el hematoma que me vieron en la semana doce. Reconozco, no obstante, que fueron comeduras de tarro pasajeras, pues en estas semanas empecé a sentir que me había ganado de sobra el derecho a relajarme y disfrutar de aquello por lo que tanto había luchado. ¡Casi nada! 


jueves, 12 de octubre de 2017

Morados

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Cuando recuerdo con qué alivio, incluso con qué orgullo, hablaba sobre mis diez primeros pinchazos de heparina, no puedo más que sonreír desde la experiencia. ¡Qué ingenua era! ¡Qué pronto canté victoria, sin adivinar la que se me venía encima...!

Los primeros pinchazos de heparina son fáciles; y evitar los moratones subsecuentes, también. Porque la tripa pre-heparina es un terreno "virgen" donde hincar la aguja con libertad y mucho margen. Pero cuando empiezas a acumular cajas y cajas de inyecciones, el panorama cambia, haciendo realidad tus peores pesadillas.

He aquí un poco de lo que yo he descubierto hasta ahora:

1. Una tripa morada puede ser producto de un solo pinchazo. Cuando yo veía esas imágenes terribles por Internet, esas en las que media tripa está teñida de un color cercano al negro, pensaba: "Pero, ¿¿qué se ha hecho?? ¿Cómo se pincha así cada día?". Desgraciadamente, he comprobado en mis propias carnes que basta un mal pinchazo para dejarte la mitad del abdomen fuera de juego. Los morados de heparina no son de este mundo. Un solo error y ¡zas! se te queda la barriga como si acabaras de pasar la prueba de ingreso en una banda de maleantes. Y no solo es el color, no: lo peor es cómo duelen. Parece que te han pegado con un bate de béisbol y duele como si te hubieran pegado con un bate de béisbol. O, al menos, como yo imagino que debe de doler.

domingo, 8 de octubre de 2017

Tiempo de compartir

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En un principio, pretendía hacerme pasar por una embarazada normal y no dar la noticia de mi embarazo hasta la semana doce, como se suele decir, "por precaución". Pero lo cierto es que la fecha llegó y pasó y yo seguía sintiendo el mismo vértigo ante la posibilidad de anunciarlo, el mismo miedo paralizante que había sentido al contarlo en cualquier otra semana anterior. Así que el plan de fingirse normal y gritarlo a los cuatro vientos una vez superada la ecografía no fue posible. 

Lo que me hizo espabilar (y comprender que los miedos naturales de abortadora recurrente se me estaban quedando enquistados) fue el obvio, evidente e insoslayable crecimiento de mi tripa. Acostumbrada a vivir mis embarazos en la clandestinidad, el hecho de que este amenazara con anunciarse solo acabó con todo el margen de maniobra del que pretendía disfrutar. ¡Los embarazos no pueden ocultarse para siempre! ¡Tenía que empezar a decirlo!

Y empecé. Y cada vez que lo hacía (cada vez que lo hago, de hecho) sentía que estaba firmando una sentencia de muerte. El terror y la tristeza se apoderaban de mi mirada y, más que anunciar la llegada de una nueva vida, parecía que estaba dándome el pésame a mí misma. Este suplicio, afortunadamente, ha sido solo una parte del proceso. Porque enseguida aparecía la alegría incontenible de quien recibía la noticia para rescatarme cuando más lo necesitaba. 

No siempre era la primera emoción que surgía: también ha habido mucha sorpresa, disfrazada a veces de incredulidad. No han sido ni una ni dos las personas que han tardado en reaccionar, soltando alguna frase de compromiso mientras su mirada se perdía en el horizonte de las cábalas. Pero, al final, siempre ha llegado la sonrisa, el abrazo, los aspavientos contenidos, incluso el llanto. 

Yo no sabía que dar la noticia de un embarazo podía ser así (¡cómo iba a saberlo!). Parece como si hubiera encontrado las palabras mágicas que abren las compuertas del cariño y todo el amor, el consuelo, la confianza, el reconocimiento que durante mucho tiempo no he recibido o que mis interlocutores no han terminado de saber expresar, ha escapado para arroparme y hacerme sentir que, esta vez sí, la Vida me sonríe sin dobleces. Resulta abrumador y extraño a un tiempo, pero también me está ayudando a reconciliarme con mi experiencia.

Poco a poco me voy dejando embargar por una calma desconocida: la tranquilidad de saber que nuestro bebé será muy bien recibido, que se sentirá colmado de besos y abrazos y juegos y cuidados. Ya no somos solo nosotras quienes soñamos con su llegada, quienes planeamos amarlo y cuidarlo, quienes deseamos conocerlo y estar con él. Son muchas más las personas que también lo esperan, que ya le han hecho un hueco en su vida y en sus planes, contando con su presencia para dentro de unos pocos meses.

Y a veces siento que, solo por eso, solo por esa inmensa red de brazos que esperan para acunarlo, este bebé sabrá recorrer el camino que le falta, podrá resistirse a las trampas de mi cuerpo... y nacerá.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Diabetes gestacional

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Nota mental: entregarme sin tardanza a los juegos de azar, 
porque está visto que ME TOCA TODO.

Que tenía bastantes boletos para la diabetes gestacional ya lo sabía, porque sufrir SOP ya implica una alteración en el metabolismo de la glucosa. Así que, cuando la matrona me avisó de que me iba a programar el famoso test O'Sullivan para el primer trimestre, después de haberle explicado que tomaba metformina y el motivo por el que lo hacía, me sentí aliviada y reconocida a un tiempo. Aunque fuera por parte de la misma matrona que, cinco minutos antes, me había aconsejado que me atiborrara de bollos porque necesitaba engordar muchos kilos.

El día de la prueba, que coincidió con el análisis del primer trimestre, la enfermera que supervisó cómo me tomaba el dichoso mejunje me bajó de la nube de un guantazo: "Sabes que tienes que hacerte la curva, ¿verdad? Hay varios motivos para mandarla en el primer trimestre... Tú... ¿cuántos años tenías?". La pregunta me humilló profundamente. No porque el protocolo a partir de los treinta y cinco sea hacer la curva antes, que me parece estupendo; sino porque yo creía que la matrona era sensible al SOP y a sus estragos, y resultó que no lo era.

Nota mental: los sanitarios sensibles al SOP y a sus estragos 
NO EXISTEN.

Al principio, llevé la prueba muy bien. Me dieron a elegir sabor y yo escogí el de limón. Estaba fresquito y rico y me lo bebí en un par de tragos. Luego volví a sentarme en la sala de espera, más contenta que unas castañuelas (y más inocente que el asa de un cubo).

A los diez minutos, claro, la cosa empezó a ponerse fea. Me entró una taquicardia que pensé que no lo contaba y unas ganas de vomitar el limoncito rico que casi no lo cuento. Lo peor fue que me pilló completamente de improviso, pues no me imaginaba que pudiera ocurrir de ese modo. Yo pensaba (¡ingenua de mí!) que el mejunje te daba asco al primer sorbo o no te daba; sobre otros efectos secundarios tipo taquicardia no había oído hablar en mi vida. Pero resulta que estas cosas pasan, tal y como pude comprobar en mis propias carnes.

A la media hora, afortunadamente, me recuperé, sin vómitos ni colapsos cardiacos de por medio. Esperamos al segundo pinchazo, desayuné tostadas con tomate y café con leche, y nos marchamos a casa. Ya en casa, pasadas tres horas de la ingesta del veneno (que otro nombre no merece el puto limón), otra vez jarana: una hipoglucemia a la altura de la hiperglucemia que me había provocado una taquicardia. Mareos, sudores fríos, temblores, atiborre de galletas repletas de azúcar (más veneno para el veneno) y una siesta-desmayo de la que pensé que no me despertaba.

Nos dieron los resultados el mismo día de la ecografía de las doce semanas. Y resultó que la curva había salido alterada: los 73 mg. de glucosa en ayunas se transformaron en 249 una hora después del envenenamiento consentido. Porque yo no soy de las que supera ligeramente el límite, no: ¡yo me quedé bien a gusto! Poca taquicardia me dio para la potencia letal que adquiere la glucosa en mi organismo...

—Hay que hacerte la curva larga —me dijo la ginecóloga, que había adornado el resultado con tres signos de admiración—. Aunque con estos valores... te volverá a salir alterada.

En aquel momento, lo de alterada o no alterada me daba bastante igual. Lo que realmente me acojonaba era tener que volver a enfrentarme al mejunje asesino. Si 50 g. de glucosa me habían puesto al borde del colapso, ¿qué no harían 100 g. ...?

Todavía en la semana doce, volvimos a la carga. Pedí otra vez el sabor limón, pero intenté tomármelo más despacio. Me sentía como Sócrates frente a la cicuta, pero sin un ápice de dignidad. La enfermera que me tocó, sin embargo, no se anduvo con chiquitas, y me metió toda la prisa que pudo, reloj en mano. Yo le expliqué que estaba asustada porque en la curva corta me había dado una taquicardia. Ella lo consultó con otra enfermera y me hicieron una prueba de glucosa "exprés" pinchándome en el dedo. El valor saldría bajo (mis glucemias en ayunas siempre son bajas), porque cuchichearon algo así como "Está bien" y me azuzaron para que terminara.

En cuanto me senté en la sala de espera, me puse a hacer respiraciones para intentar controlar la taquicardia. Y la verdad es que, entre que ya no me pillaba de sorpresa y que parecía que iba a dar a luz allí mismo, no lo pasé tan mal como la vez anterior. Eso no quiere decir, claro, que no notara mis venas palpitando como si se fueran a salir del brazo durante la media hora que me pasé apretándome el pinchazo (porque cortar el sangrado cuando llevas adiro es una odisea aparte).

Lo mejor llegó cuando, en pleno fragor de la batalla, se me sienta al lado un hombre que no olía precisamente a rosas. Semana doce, 100 g. de glucosa deseosos de escapar de mi estómago, una mano inutilizada y la otra ocupada en cortar el chorro de sangre que brotaba de mi brazo. Apoteósico.

Nota mental: si algo MÁS puede salir mal, SALDRÁ MAL, ¡seguro!

Finalmente, los hados debieron apiadarse de mi alma y logré aguantar el hedor sin vomitarme encima, hasta que el hombre se marchó adonde quiera que fuera. Segundo pinchazo, tercer pinchazo y cuarto pinchazo. Las enfermeras alucinaban porque no se me habían quedado moratones, pero yo ya estaba muy cansada de la vida para explicarles lo del adiro y la media hora apretando.

Lo que sí compartí con ellas fueron mis miedos a la hipoglucemia que se me venía encima. "Eso te pasaría porque la otra vez te irías sin desayunar". Claro. Embarazada, doblemente sangrada y en ayunas, y me voy a ir sin desayunar. Al final tuve que arreglar el asunto como buenamente supe, para variar, y me desayuné un café con todo el azucarillo (algo que hacía AÑOS que no probaba) y un cruasán hasta arriba de mermelada: una muerte dulce en toda regla. El caso es que funcionó, no solo para evitar la temida hipoglucemia, sino como grandiosa despedida del mundo azucarado. Porque sí, la curva larga también me salió alterada: 74-316-271-71. 

Diabética perdida, vaya.

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